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El PAN no puede proclamarse renovado mientras su militancia castiga la diferencia.
Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx
El Partido Acción Nacional intenta renacer.
Y lo hace con un espectáculo que resume a la perfección el drama de la política mexicana: luces, discursos, promesas recicladas y un holograma virtual de su fundador, Manuel Gómez Morín, recreado por inteligencia artificial, diciendo “no se rindan”.
Sí, el PAN se relanza.
Pero la pregunta que debemos hacernos no es qué logo estrenan, sino qué país representan.
Porque un partido no se mide por su imagen, sino por su coherencia, y Acción Nacional lleva años perdiendo ambas.
El fin de semana, en el Frontón México, ese sitio cargado de historia donde hace casi un siglo nacía la idea panista de ciudadanía y bien común, Jorge Romero —actual dirigente nacional— presentó el nuevo rostro del partido: un logo simplificado, la promesa de abrir la afiliación a más mexicanos y el anuncio de que rompen su alianza con el PRI.
Un acto simbólico. Un intento de limpiar el polvo de los años de complicidad.
Pero entre el discurso del cambio y la realidad del PAN, hay una distancia abismal.
Y lo que se vio ese día lo confirma: un partido que se vende como moderno, pero que actúa con los mismos reflejos de siempre.
Nuevo logo, mismos vicios.
Durante el evento, se proyectó en pantallas gigantes el mensaje del “fundador digital”, Manuel Gómez Morín, resucitado con IA para animar a los panistas a no rendirse.
Un golpe de marketing político que, más que inspirar, revela la ausencia de ideas nuevas.
Porque cuando un partido necesita traer del pasado una voz artificial para justificarse en el presente, no habla de renovación: habla de vacío.
Los estrategas del PAN creen que la nostalgia puede sustituir la autocrítica.
Pero la nostalgia no gobierna, ni gana elecciones.
La nostalgia que no se atreve a limpiar su casa es apenas eso: un espejo empañado donde los mismos de siempre se miran con ternura.
Y mientras dentro del recinto se hablaba de “apertura”, de “nueva etapa”, de “renovación generacional”, afuera —y en las redes— reventó un episodio que destruyó la narrativa en segundos: un militante del PAN increpó a un integrante de la comunidad LGBT+ que ondeaba una bandera del orgullo junto a una del PAN.
“Baja tu bandera marxista”, le gritó.
El video se volvió viral.
Ese momento —más que mil discursos— mostró la contradicción de fondo:
un partido que predica inclusión pero sigue tolerando la intolerancia;
que promete diversidad, pero se resiste a aceptar que México ya cambió.
Y es que el PAN no puede proclamarse renovado mientras su militancia castiga la diferencia.
No puede hablar de futuro mientras parte de su base vive anclada en el siglo pasado.
Relanzamiento con la otra mano arrugada: la que le dice “bajen esa bandera”.
Pero más allá de la anécdota, hay que mirar la raíz del problema:
¿qué es el PAN hoy?
Durante años, Acción Nacional se definió por lo que no era: no era el PRI, no era el populismo, no era el autoritarismo.
Era la “oposición moral”.
Hoy, después de dos sexenios de gobiernos panistas que terminaron entre la corrupción, la violencia y la mediocridad, esa superioridad moral se evaporó.
Y luego llegó la alianza con el PRI, el pacto con el enemigo histórico.
Una coalición que en papel servía para “defender la democracia”, pero en la práctica fue una tabla de salvación para cúpulas políticas que no querían perder privilegios.
Esa alianza le dio al PAN diputaciones, gobiernos locales, poder momentáneo.
Pero también le quitó lo más valioso que tenía: su identidad.
Lo convirtió en un apéndice del sistema que juró combatir.
Porque cuando el PAN firmó con el PRI, lo que firmó fue su acta de incoherencia.
Y ahora que Jorge Romero anuncia que “rompen la alianza”, la pregunta no es si se separan, sino si pueden recuperar la credibilidad que enterraron juntos.
Hoy el PAN enfrenta un dilema existencial:
¿ser un partido ciudadano o seguir siendo una maquinaria electoral que vive del presupuesto?
¿Ser oposición o simulación?
¿Reivindicar sus principios o seguir maquillando su fracaso con hashtags?
Y aquí vale la pena hacer memoria:
Gómez Morín fundó el PAN en 1939 para crear un partido de ideas, no de caudillos.
De ciudadanos, no de clientelas.
¿Dónde quedó eso?
¿En qué momento Acción Nacional pasó de ser un movimiento ético a convertirse en una agencia de empleos políticos?
Reiniciar el PAN no es borrar el historial: es rendir cuentas.
Y esa rendición sigue pendiente.
El relanzamiento promete modernización: afiliación digital, encuestas para definir candidaturas, procesos más abiertos.
Suena bien.
Pero la modernización no se decreta: se demuestra.
Y hasta ahora, el PAN sigue siendo el mismo tablero de siempre: con las piezas movidas, pero con las mismas manos jugando.
Los caciques locales, los intereses empresariales y los liderazgos que no sueltan el poder siguen marcando el ritmo.
Filtros de Instagram sobre cuentas públicas podridas.
Porque cambiar el logo no limpia la corrupción, ni los escándalos, ni las traiciones.
¿Qué tendría que hacer el PAN para ser relevante de nuevo?
Cuatro cosas básicas, mínimas, pero urgentes:
Primero, renovar sus liderazgos.
Romper los pactos de protección interna.
Si los mismos de siempre controlan las listas, no hay futuro posible.
Segundo, construir un programa real, no un catálogo de frases huecas.
El país necesita propuestas sólidas en seguridad, economía y Estado de derecho.
No basta decir “más empleo”: hay que explicar cómo.
No basta decir “corrupción cero”: hay que demostrar con hechos.
Tercero, definir una postura clara sobre derechos humanos.
No se puede hablar de democracia si se discrimina a una parte del país.
Si el PAN quiere volver a representar a los mexicanos, tiene que empezar por respetarlos a todos.
Y cuarto, romper de verdad con las prácticas del pasado:
auditorías internas, sanciones a los corruptos, y fin del compadrazgo político.
Porque sin limpieza interna, todo relanzamiento es teatro.
Sin propuestas, el PAN solo lucirá un vestido nuevo sobre un cuerpo viejo.
¿Es positivo este relanzamiento para México?
Depende. Si el PAN logra reconstituirse como oposición real, es sano.
México necesita una oposición fuerte, con ideas y contrapeso.
Pero si este intento se queda en cosmética, será un fraude más a la inteligencia ciudadana.
La democracia mexicana no sobrevive con partidos que actúan como franquicias.
Necesita proyectos con contenido, no espectáculos con efectos especiales.
Claudia Sheinbaum, desde el poder, se burló del relanzamiento diciendo que era lo mismo de siempre con una nueva envoltura.
Y, aunque venga del gobierno, cuesta trabajo contradecirla.
Porque, hasta hoy, el PAN no ha mostrado nada que justifique su resurrección.
México enfrenta una crisis de representación brutal.
El oficialismo concentra poder, controla instituciones y manipula el discurso del “pueblo” mientras desmantela contrapesos.
Y del otro lado, la oposición es un coro sin partitura: un ruido que no construye alternativa.
El PAN, si de verdad quiere servir al país, tiene que empezar por servir a su conciencia.
Por aceptar que la derecha mexicana se quedó sin proyecto, sin líderes creíbles, sin autocrítica.
Gómez Morín, si pudiera ver lo que hicieron con su idea, tal vez no diría “no se rindan”, sino “empiecen de nuevo”.
Hoy el PAN puede cambiar su logo.
Lo que no puede cambiar con un logo es la memoria política del país:
la corrupción de sus gobiernos, la complacencia con el PRI, la doble moral con los derechos humanos, el oportunismo electoral.
Eso no se borra con un filtro.
Porque relanzar un partido no es maquillarlo.
Relanzar es repensarlo, reconstruirlo, reinventarlo desde la vergüenza, la verdad y el compromiso.
Nuevo logo, mismos vicios.
Filtros de Instagram sobre cuentas públicas podridas.
La nostalgia que no se atreve a limpiar su casa.
Reiniciar el PAN no es borrar el historial: es rendir cuentas.
Y si no lo entienden, entonces el relanzamiento del PAN no será el principio de una nueva era, sino el último acto de un partido que confundió la política con el marketing.
Un partido que sigue vendiendo esperanza en envases vacíos,
mientras México, allá afuera, se cae a pedazos esperando que alguien —de verdad— lo represente.Porque el país no necesita partidos que compitan por quién miente mejor.
Necesita una oposición que le diga al poder la verdad, aunque duela.
Una que no viva del recuerdo, ni del presupuesto, ni del miedo.
Una que vuelva a entender que el bien común no es un eslogan, sino una obligación.
Hasta entonces, el PAN seguirá relanzándose en su propio espejo,
mientras la historia lo observa —cada vez más lejos— preguntándose si aún le queda algo de azul, o si ya solo queda el gris del desencanto.




