#InPerfecciones
“Un solo gesto, una señal de lo que realmente ocurre: mientras el país pide ayuda y justicia, el gobierno nos manda callar y presume un México que solo existe en su narrativa”.
Eder Mendoza / @ai.mendoza
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En México, el poder ha aprendido a dominar la narrativa antes que los hechos. Desde el micrófono presidencial hasta las mesas de debate donde se reparten los voceros de la autollamada “Cuarta Transformación”, se repite un mismo mantra: la presidenta tiene el 70% de aprobación. Luisa María Alcalde, Andrea Chávez Treviño, Arturo Ávila y un coro interminable de portavoces de Morena presumen esa cifra como si fuera dogma, como si los números pudieran maquillar la realidad. Pero fuera de los estudios de televisión, el país no aplaude. El país resiste.
Vi las imágenes que dieron la vuelta al país en Poza Rica, Veracruz. Tras las inundaciones que dejaron hogares destruidos y personas desaparecidas, un joven se acercó a Claudia Sheinbaum. No pedía un favor, no buscaba protagonismo: exigía respuestas por sus compañeros desaparecidos. Gritaba con rabia y desesperación, reclamando lo mínimo que cualquier gobierno debería garantizar: presencia, acción y verdad. En el video se aprecia que la presidenta intentó dialogar. Pero también se ve el gesto que lo definió todo: la mano levantada con el dedo índice sobre los labios, la señal universal del silencio. Esa imagen, aunque pueda estar sacada de contexto, refleja exactamente lo que el gobierno ha hecho con México: imponernos su narrativa, callarnos, mantenernos en un país que no está transformado, como dice su lema.
Mientras nos ordenan callar, la gente sigue viviendo la realidad que el discurso oficial pretende ocultar. Y esa realidad se conecta directamente con decisiones políticas que nos afectan a todos. Porque mientras el joven exigía ayuda en Poza Rica, es imposible no pensar en lo que ya no existe: el FONDEN, el fideicomiso que permitía actuar rápido ante desastres naturales. Hoy no hay fondos inmediatos, no hay mecanismos preparados, solo discursos y promesas que se ahogan junto con las casas inundadas. La señal de silencio que vimos no es un gesto aislado; es la metáfora de un gobierno que ha desmontado sus propios instrumentos de ayuda y espera que finjamos que todo está bajo control.
La narrativa del 70% de aprobación no es una medición de apoyo, sino un intento de controlar cómo pensamos, sentimos y hablamos sobre el país. Nos dicen que todo va bien mientras las calles se inundan, los desaparecidos no aparecen y los jóvenes gritan para que alguien los escuche. Nos ordenan callar, no porque estemos equivocados, sino porque su verdad no resiste el ruido del pueblo que exige justicia.
Esa mano levantada en Poza Rica lo dejó claro: si un gobierno necesita silenciar a quienes reclaman lo mínimo indispensable, no está transformando nada: está imponiendo su relato, manteniéndonos sujetos a una ilusión de país que no existe.
México no necesita encuestas; necesita acción, verdad y respeto. Y eso es lo que ese joven exigió aquel día. Eso es lo que este país sigue esperando.




