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No es solo una pregunta: “¿Cómo estás?” puede abrir una puerta… o cerrarla

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“Preguntar no basta. Escuchar de verdad, acompañar sin juicio y hablar sin miedo puede ser lo que salve una vida. Porque la salud mental no espera a septiembre, y las heridas invisibles también merecen cuidados.”

 

Eder Mendoza @ai.edcissce
edcissce21@gmail.com

¿Cómo estás?” Dos palabras sencillas que a muchos nos incomodan. Porque cuando la respuesta honesta sería “no estoy bien”, lo que solemos decir es “bien, ¿y tú?”, como si callar fuera una forma de protegernos del juicio ajeno, de no incomodar o, simplemente, de evitar profundizar en una pregunta que sentimos hueca. Para quienes vivimos con una enfermedad mental, quisiéramos poder decir que estamos bien… pero muchas veces no lo estamos, y tener que fingirlo duele. Esa costumbre de negar lo que sentimos, de silenciar el dolor, nos convierte en cómplices de una enfermedad que crece en silencio: las enfermedades psicoemocionales. No son distintas a la diabetes o al cáncer; también se instalan en el cuerpo y en el alma, desgastan, consumen y, si no se atienden, pueden ser mortales. Y el suicidio, en ese sentido, no es un acto repentino ni un capricho: es la manifestación última de un padecimiento profundo, tanto, que se convierte en una de las causas de muerte más dolorosas y evitables.

Septiembre es el mes de la prevención del suicidio y el 10 de septiembre, la Organización Mundial de la Salud lo recuerda al mundo entero con el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Pero esto no debería ser solo en septiembre. La vida no duele únicamente una vez al año, ni la desesperanza tiene calendario. La salud mental necesita atención los 365 días. Hablar de esto debería ser parte de nuestra cotidianidad, no solo una campaña temporal. Porque el silencio mata, porque el estigma lastima más que la enfermedad misma, porque necesitamos una sociedad que acompañe y no que juzgue.

En México, las cifras son contundentes. En 2023 se registraron 8,837 suicidios, lo que representa el 1.1 % del total de muertes en el país. La tasa nacional fue de 6.8 por cada 100 mil habitantes, con una brecha dolorosa entre hombres (11.4) y mujeres (2.5). Más del 65 % de los casos ocurrieron en personas menores de 40 años, muchas de ellas jóvenes que parecían tener toda la vida por delante. Y si miramos atrás, en 2013 la tasa era de 4.9, lo que significa que, lejos de disminuir, la tendencia va en aumento.

Esto no solo es alarmante, es una llamada de emergencia. Necesitamos con urgencia una educación emocional y mental sólida desde la infancia. Que hablar de emociones no sea motivo de burla, que pedir ayuda no sea visto como debilidad. Que las escuelas, los hogares, los centros de trabajo y la sociedad en su conjunto, promuevan entornos seguros donde se pueda hablar sin miedo. Porque cada punto que crece en las estadísticas es una vida menos, una historia interrumpida.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición también muestra que 7 de cada 100 adolescentes y adultos han pensado en suicidarse alguna vez, y que 3 de cada 100 lo han intentado en el último año. Detrás de cada número hay una vida que se apagó, un círculo de familiares y amigos que se preguntan qué pudieron haber hecho diferente, una herida que no se cierra.

Frente a esto, es necesario hablar de prevención. No todos tenemos las herramientas para acompañar, pero todos podemos escuchar. No se trata de tener respuestas mágicas, sino de estar presentes, de validar lo que siente la otra persona, de ofrecer una mano sin juicio. A veces basta con decir “aquí estoy” para que alguien se aferre un día más a la vida. Y del otro lado, reconocer que uno necesita ayuda no es un acto de debilidad, sino de valentía. Buscar apoyo es resistir. Pedir ayuda es sobrevivir.

Hay instituciones en México que ofrecen atención gratuita y confidencial: SAPTEL, la Línea de la Vida, el Instituto Nacional de Psiquiatría, asociaciones comunitarias y hasta aplicaciones móviles donde consejeros voluntarios están disponibles las 24 horas. El acompañamiento existe, pero necesitamos aprender a utilizarlo.

A quienes los llaman cobardes, yo les respondo lo contrario: nadie que haya llegado a ese punto lo hizo por debilidad, sino por un dolor tan profundo que no supimos ver. No fue cobardía; fue el desenlace de una enfermedad invisible que seguimos sin comprender, porque la desinformación nos impide dimensionarla y el silencio nos aleja de quienes más necesitaban cercanía. Tal vez si aprendiéramos a mirar con más compasión y menos juicio, comprenderíamos que su partida no habla de falta de fuerza, sino de cuánto les pesaba seguir aquí.

Dejemos de hacer del suicidio un tabú. Aprendamos a hablar, a escuchar, a cuidar. Porque la vida, aunque duela, duele menos cuando se comparte. Y porque un “¿cómo estás?” puede ser mucho más que una pregunta: puede ser la oportunidad de salvar una vida.

Esta columna la dedico a quienes han librado o perdido esa batalla silenciosa. A Cecilia Sánchez Miranda, una mujer que estuvo siempre para todos, pero que un día dejó de estar para ella. A mi hermana, que sigue aprendiendo que no hay soledad cuando se tiene a uno mismo. A mi amigo Vicco, que en un septiembre sintió que ya no podía más y ahora sigue estando para él y para todos los que lo amamos. A Zoar, una mujer ejemplo de resiliencia y fortaleza. A mí, que he abrazado el dolor y que hoy habito en mi cuerpo desde el amor. A todas las personas que han estado en esa frontera invisible donde la vida se vuelve insoportable. Y a todos aquellos que han sido acompañaros en el proceso.

 

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