#InPerfecciones
La Corte invocó a Quetzalcóatl para consumar la masacre de la justicia. El Estado ganó, el pueblo perdió. Es hora de levantarnos.
Daniel Dueñas / @Daniel_Duf
redaccion@inperfecto.com.mx
La historia recuerda que la primera llegada de Quetzalcóatl a estas tierras no trajo paz ni justicia, sino muerte y destrucción: los pueblos mesoamericanos, confundidos por el mito de su retorno, creyeron ver en Hernán Cortés la encarnación de la serpiente emplumada, abriendo la puerta a la conquista, la esclavitud y el derrumbe de un mundo entero. Hoy, siglos después, su invocación en un ritual de ministros de la Suprema Corte de Justicia no representa fuerza ni identidad cultural, sino una venganza contra los ideales republicanos, una afrenta al Estado laico y una herida abierta en la memoria de México.
Sin embargo, el reciente acto de investidura de los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación celebrado el 1 de septiembre de 2025 transformó la solemnidad republicana en un ritual religioso: una limpia con copal, invocaciones a Quetzalcóatl y Tonantzin, entrega de bastones de mando y danzas ceremoniales en lenguas originarias. Con ello, los ministros introdujeron en el corazón del poder judicial prácticas que violan de manera frontal la laicidad del Estado, atropellan los ideales republicanos y confunden la justicia con el culto. Lo que debería haber sido un acto solemne y civil se convirtió en un espectáculo ritualista que reinstala el viejo vínculo entre lo sagrado y el poder político, justo lo que México quiso desterrar.
Este acto atenta contra la Reforma y contra la obra de Benito Juárez, que Morena presume de venerar en cada discurso. No hay congruencia posible: mientras se llenan la boca con la memoria del Benemérito de las Américas, sus ministros se comportan como vulgares paganos que mancillan la esencia misma del Estado moderno. ¿Cómo confiar en un poder judicial que inicia su camino con un atentado contra la Constitución? Si su primer acto es negar la laicidad que garantiza la libertad de todos, lo que viene después solo puede ser desconfianza, incertidumbre y la erosión de la justicia.
Ha llegado la hora de evadir un sistema contaminado que ya no representa al pueblo. El ciudadano harto —desde el campesino olvidado hasta el comerciante extorsionado— debe entender que México no es un ritual de poder ni un paso de dioses inventados, sino una nación viva y gloriosa. México es más grande que los caudillos y los ministros arrodillados, más fuerte que el populismo que esclaviza y más eterno que las farsas que hoy se disfrazan de justicia. Si el poder político ha decidido jugar con símbolos ancestrales para imponer servidumbre, entonces corresponde al ciudadano defender la libertad con la única fuerza que nunca podrán arrebatar: la de la conciencia despierta y el amor por esta patria inmortal.
Ha llegado la hora de evadir un sistema contaminado que ya no representa al pueblo. El ciudadano harto desde el campesino olvidado hasta el comerciante extorsionado debe entender que México no es un ritual de poder ni un paso de dioses inventados, sino una nación viva y gloriosa. México es más grande que los caudillos y los ministros arrodillados, más fuerte que el populismo que esclaviza y más eterno que las farsas que hoy se disfrazan de justicia. Si el poder político ha decidido jugar con símbolos ancestrales para imponer servidumbre, entonces corresponde al ciudadano defender la libertad con la única fuerza que nunca podrán arrebatar: la de la conciencia despierta y el amor por esta patria inmortal.
La justicia murió en un solo acto, disfrazado de ritual solemne, y esa muerte no golpea a los poderosos sino al pueblo que dicen defender. Pretenden erigirse como guardianes de la nación mientras arrebatan la única garantía real que tenemos frente al abuso: la justicia. Una justicia que hoy no existe para el ciudadano común, sino solo para quien puede defenderse y resistir. El resto queda abandonado a un Estado que juega con símbolos y condena al pueblo al desamparo.

