#InPerfecciones
Los políticos caen en la hipocrecía cuando desempeñan papeles sin decirnos que en realidad están actuando
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Es común que en mayor o menor medida nos enfrentemos a la mentira y a la hipocrecía. Cabe indicar que es común usar como sinónimos mentira e hipocrecía, lo cual es un error, porque lo primero se refiere a hechos verificables. Por ejemplo, si alguien dice que se compró un reloj con un costo de mil pesos, pero la nota dice 5 mil, estamos ante una evidente mentira.
Más complicada es la hipocrecía, definida como “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. El ejemplo clásico que podemos encontrar en la literatura es el personaje de Tartufo, en la novela del mismo nombre de Moliere, quien finge ser profundamente religioso para quedarse con la fortuna de otra persona. También tenemos el caso que presenta Carlos Fuentes en Las buenas conciencias, donde un estricto y moralista tutor de un adolescente es descubierto haciendo exactamente lo que más criticaba en su casa: estar en un lugar prohibido, en un prostíbulo.
Así como eventualmente todos mentimos, por ejemplo el clásico “ya casi llego” cuando apenas se va saliendo de casa, también todos tenemos algo de hipócritas, especialmente por las normas sociales. De esta forma, tenemos el deber de saludar a todos al llegar a algún lugar, incluyendo, si estuvieran presentes, quienes nos caen mal y lo disfrazamos con el dicho “lo cortés no quita lo valiente”.

La política está asociada en el imaginario popular, y con justa razón, a muchos aspectos negativos como la mentira, traición, corrupción y por supuesto a la hipocrecía. Tenemos a quienes como candidatos o gobernantes salen de gira, y para congraciarse con la gente, se dedican a dar abrazos y besos al por mayor, bailar, cargar niños, prometer solucionar problemas que están fuera de su alcance, hasta a dar su mejor cara aunque estén pasando por un mal momento. En este sentido, los políticos se equiparan con los artistas que siguen el lema de “el show tiene que continuar”. A diferencia de los actores que sabemos están interpretendo un personaje, los políticos caen en la hipocrecía cuando desempeñan papeles sin decirnos que en realidad están actuando. Es como presenciar un baile de disfraces en un escenario político.
Lo anterior podría ser escandaloso para quienes están fuera del ámbito político, como lo explica Michael Ignatieff en su libro Fuego y ceniza, todo un manual para entender como funciona la política. Ignatieff, de nacionalidad canadiense, era un profesor de ciencia política en Harvad, cuando le ofrecieron ser candidato a Primer Ministro en Canadá. Sin experiencia en campo, solo con su conocimiento desde la academia aceptó, solo para entender que se tienen lenguajes diferentes. Cuenta que cierta ocasión, en un debate público con otro candidato, un amigo suyo, éste le empezó a cuestionar una serie de posturas que se le atribuían falsamente y que al saludarse al término del encuentro le dijo “es solo política”. En ese momento entendió que la política no es igual a sinceridad.
A los hipócritas se les dice que son gente de doble cara o doble moral, y una vez que son descubiertos se les puede tolerar en mayor o menor medida, pero ya sin credibilidad. Ahora bien, en la política contemporánea el internet y las redes sociales amplifican ese tipo de comportamientos expurgando en sus comentarios, videos, fotos e incluso en publicaciones que los mismo personajes hayan realizado, donde se puede ver esa doble cara o, para ponerlo en el ámbito político, ese doble discurso.
La democracia usualmente exigía el manejo de la verdad, dado que con ella se extiendió la demanda de transparencia y rendición de cuentas, y no es casualidad que, en las democracias más desarrolladas, si algún funcionario o político es descubierto en alguna mentira tenga que dimitir a su cargo. Se entiende la existencia de la hipocrecía pero no se tolera cuando se le descubre. En otros países no pasa lo mismo. Se puede saltar de un discurso a otro, contradecirse con lo dicho anteriormente, aplicar una política pública que en tiempos pasados se había rechazado, sin tener que dar explicaciones o justificaciones.
La hipocrecía política es tan sustancial a la vida que es imposible escapar de ella. Basta con revisar las noticias donde los discursos y acusaciones de que el otro, el adversario político, es el corrupto, mentiroso, hipoócrita, etc, mientras que los honestos y sinceros son los acusadores. Por si fuera poco, lo dicen como si ignoráramos sus pasados (o sus presentes). Lo que vemos en México sucede, en mayor o menor medida en otros países.
Creo que a nadie le gusta convivir con hipócritas, ni mucho menos ser gobernados por ellos, lo cual cae en contradicción con el hecho de que tampoco nos serviría de mucho ser gobernados por santos (si es que los hubiera) o por quienes se expresen con sinceridad en todo momento. Es imposible imaginar una escena en la que un gobierno salga a decir “mañana haremos un operativo para capturar a x delincuente, a tal hora y en tal lugar”. Esto sería inviable por donde se le vea.
Por último, el tema de ninguna manera es nuevo, como lo señala David Runciman en La hipocrecía política. En dicha obra analiza desde la perspectiva de varios autores cómo perciben este tipo de conductas, empezando por Thomas Hobbes y su obra cumbre El Leviatán. Hobbes, al igual que Maquiavelo, consideraba que el soberano (o el príncipe) podían mentir o engañar en nombre del Estado, pero “lo que era intolerable era disfrazar los engaños con el lenguaje de una virtud superior”. No normalicemos esas conductas ni aceptemos ess hipocrecía que raya en el cinismo.




