#InPerfecciones
“Mientras la élite política siga blindada y el pueblo siga siendo escudo, México seguirá pagando la factura de la impunidad y el cinismo de quienes deberían gobernar.”
Eder Mendoza / @ai.edcissce
edcissce21@gmail.com
Ayer, primero de septiembre de 2025, Claudia Sheinbaum inauguró su segundo año como presidenta, mientras 628 legisladores arrancaban nuevo periodo de sesiones. En el discurso, un acto solemne para reafirmar compromisos con la nación; en los hechos, la foto perfecta de una clase política agotada, tramposa y cómoda en sus privilegios. Una élite que vive blindada, mientras el país sigue desangrándose.
Presidenta Sheinbaum: la Constitución exige gobernar para todos. Pero usted gobierna para los suyos, para la cofradía de la 4T que gira alrededor del apellido López. Su neutralidad es tan ficticia como el avión presidencial que “rifaron” y nunca entregaron. Su pluralidad es un disfraz, porque el reparto de privilegios sigue reservado para su círculo cercano y para los intocables del obradorato: los hijos de Andrés Manuel, que pasean con contratos, mochadas y fábricas de chocolates que saben más a negocio familiar que a transformación nacional.
Lo suyo no es gobernar: es administrar impunidades. Morena protege a violentadores como Fernández Noroña, a quien blindan como si fuera prócer de la patria cuando en realidad es un matón de tribuna: insultó a legisladoras, humilló periodistas, obligó a un ciudadano a disculparse y saboteó sesiones como quien apaga la luz cuando no le gusta la película. Ese es el “ejemplo” que presume el partido en el poder: encubrir abusos mientras declaman justicia social. La hipocresía como política de Estado.
Y Sheinbaum no se queda atrás: habla de seguridad mientras el país rompe récords de homicidios; se llena la boca con justicia cuando el caso Ayotzinapa sigue enterrado entre mentiras oficiales; promete futuro mientras el metro colapsa, como ocurrió en la Línea 12, tragedia que costó vidas y que hoy esconden bajo alfombras políticas. ¿De qué transformación hablan, cuando en seis años de López Obrador dejaron un sistema de salud destruido, con niños sin medicinas contra el cáncer, y ahora usted lo repite como libreto aprendido?
La historia es la misma con distinto disfraz: rostros nuevos en un viejo teatro. Morena acusa a la oposición de polarizar, pero juega el mismo juego sucio, con la única diferencia de que presume encuestas en la mano: un supuesto 70% de aprobación para Claudia Sheinbaum. Bien, si ese 70% es real, ¿por qué no convertirlo en 100% a través de resultados concretos? Porque gobernar ya no significa rendir cuentas: significa repetir un discurso y escudarse en “el pueblo mexicano” para justificar errores y omisiones. Y usar al pueblo como escudo, como excusa eterna, no es gobernar. Es burlarse de él.
Del otro lado, la oposición es un espectáculo desigual. El PRI arde en su propia hoguera, abrazado al lastre de Alejandro Moreno. No es un partido, es una caricatura de corrupción con siglas tricolores. Sus cuadros están podridos y sus discursos huecos; ya no representan nada más que la desesperación de unos cuantos que se resisten a perder privilegios. El PRI dejó de ser oposición hace años: ahora es una agencia de colocación para sus dirigentes, que venden lo que queda de dignidad al mejor postor.
Acción Nacional, en cambio, sigue atrapado entre la nostalgia de lo que fue y la urgencia de lo que no sabe construir. Parecen más ocupados en disputarse espacios internos que en presentar un proyecto que entusiasme a México. No obstante, aún tienen estructuras, militancia y un voto duro que podría servir si decidieran reordenarse. El reto es enorme: dejar atrás la desesperación por el poder y empezar a reconstruir causas que conecten con la ciudadanía, con una agenda de futuro y no solo con la repetición de consignas.
Movimiento Ciudadano presume de “nueva política”, y aunque hoy se mueve en la superficialidad de jingles y campañas de marketing, todavía conserva un capital importante: la simpatía de jóvenes y sectores desencantados. Sin embargo, la indefinición lo condena. No es oposición ni oficialismo, y eso lo hace irrelevante. Si MC decide asumir con seriedad la responsabilidad que dice tener con juventudes e infancias, podría dar el salto. Mientras no lo haga, seguirá atrapado en el limbo de la simulación.
El Partido Verde es la vergüenza con patas. Arribistas por naturaleza, han vivido toda su historia de colgarse de quien tenga el poder. Sin alianzas serían un partido fantasma, porque de iniciativas propias no han producido nada más que ocurrencias. Son mercenarios políticos: venden sus votos, venden sus principios —si alguna vez los tuvieron— y se venden a sí mismos con la facilidad de un mercado ambulante.
El PT es la sombra obediente de Morena. Ni voz, ni identidad, ni autonomía. Un cascarón que solo repite lo que el oficialismo dicta, sin el menor atisbo de dignidad. Es un partido que ha renunciado a ser partido; un simple sello en las boletas que solo existe para engordar mayorías.
En conjunto, la oposición parece un rompecabezas incompleto: algunos partidos están destinados a la extinción, otros tienen la posibilidad de reconstruirse, pero hoy ninguno ofrece el contrapeso que México necesita.
Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuándo surgirá una oposición real? Una que deje de mendigar espacios y de gritar desde la tribuna, para convertirse en un verdadero contrapeso. México no necesita políticos hambrientos de poder; necesita partidos con causas, con principios, con la capacidad de escuchar y traducir el hartazgo ciudadano en alternativas. Sin oposición seria, la democracia seguirá cojeando y el oficialismo gobernará sin frenos.
El país ya está cansado. México desaprueba la violencia, la inseguridad, la precariedad en salud. La gente no se traga más discursos huecos ni encuestas infladas. Quiere paz, quiere dignidad, quiere resultados. La violencia no es el camino, ni en lo público ni en lo privado. Lo que hoy padecemos no es política: es una burla al pueblo.
Los ideales sostienen, pero el fanatismo pudre. Defender a políticos corruptos, violentadores y cínicos sin un solo argumento es traicionarse a uno mismo. La dignidad nacional no puede seguir secuestrada por farsantes. Callar o justificar equivale a entregarles el país en charola de plata. Nos quieren censurar, sí, pero el verdadero crimen es que el ciudadano acepte vivir sin voz. Somos más, y es momento de dejar de ser espectadores: México necesita despertar, convertirse en oposición real, dejar de ser público de este circo.
Mientras la clase política siga atorada en el pasado —peleando por culpas viejas, rencores reciclados y glorias que ya no existen—, nadie podrá entender el futuro ni mucho menos construirlo. México no puede avanzar con dirigentes que solo miran por el retrovisor; el país necesita ojos al frente. Y el día que el pueblo decida dejar de ser escudo, esta clase política se quedará sin máscara, sin aplausos y sin teatro. Y entonces, sí, la factura será imposible de evadir.

