#InPerfecciones
Los nuevos ricos se distinguen por presumir sus lujos en las redes sociales: viajes, comidas, ropa, relojes, zapatos, etc.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Cuando hace unos días un político preguntaba, a manera de defensa, ¿quién decide lo que es el lujo?, supongo esperaba como respuesta la conformación de un santo tribunal o un comité de salud que lo definiera. Como afortunadamente eso no existe, lo que sí tenemos es el concepto mismo. La mayoría tenemos una idea de lo que es el lujo, aunque no necesariamente signifique lo mismo para todos. De acuerdo con la Real Academia, lujo tiene las siguientes acepciones: abundancia en el adorno o en comodidades y objetos suntuosos; aquello que supera los medios normales de alguien para conseguirlo; elevada categoría, excelencia o exquisitez que posee algo por la calidad de las materias primas empleadas en su fabricación, sus altas prestaciones o servicios. Poner lo anterior en casos concretos puede tener variaciones.
Por ejemplo, en alguna ocasión me tocó escuchar la conversación de dos personas que trabajaban como cargadores, donde uno le decía al otro, que había que aprovechar que les habían pagado para irse a un hotel cercano y “darse el lujo” de tomar un baño con agua caliente (La ONU reporta que en 2023, 2,400 millones de personas carecían de servicios de agua potable y 3,500 millones de personas no tenían acceso a servicios de saneamiento). Por otra parte, en su canción Más de cien mentiras, Joaquín Sabina canta que “tenemos el lujo de no tener hambre”, lo cual es una terrible realidad para los cerca de 282 millones de personas que padecían hambruna en el mundo en 2023, más del doble de lo que había en 2016 (Informe mundial sobre las crisis alimentarias 2024).
Asistir a un concierto ya se ha convertido en un lujo. Lo que antes era territorio para los fans: llegar temprano o incluso acampar la noche previa para poder ser los primeros en entrar y poder estar pegados al escenario, empieza a ser ocupado por los que tienen más dinero. Los boletos para estar en zonas VIP superan fácilmente los 20 mil pesos. Y no se diga de ese deporte tan menospreciado por años, el futbol. La lista de precios para ver un partido de copa del mundo en México, que bien pudiera ser un Uzbekistán-Australia o un Jordania-Nueva Zelanda, van de los 30 a 80 mil pesos, dependiendo el estadio. Nuestro país será anfitrión de un mundial donde los verdaderos aficionados, esos que siguen semana a semana a sus equipos, que juegan en canchas donde salir sin lesiones ya es un triunfo, y que se saben las alineciones de 20 equipos, verán los partidos por televisión. Incluso en un reciente artículo de opinión en el New York Times se habla de que pensar se está convirtiendo en un lujo, hecho que no es tan descabellado.
Donde existe más consenso es cuando por la excelencia del producto o del servicio, el costo se incrementa haciéndolo accesible solo para unos pocos. Estamos hablando del mercado del lujo, que no está excento de modas o de interpretaciones. Lo primero que viene a la memoria es el arte. Si bien existen copias, posters, e interpretaciones de La última cena en millones de hogares en el mundo, solo una persona en el mundo puede poseer el cuadro Salvator Mundi de Leonardo Da Vinci subastado en 2017 en 450 millones de dólares. En este segmento también encontramos los relojes de alta gama, los automóviles superdeportivos, la ropa de diseñador, los hoteles exclusivos, los muebles antiguos, la joyeria y hasta bebidas especiales.
Cuando el filósofo francés Gilles Lipovetsky escribía a principios del presente siglo el libro El lujo eterno. De la era de lo sagrado a la era de las marcas, hablaba de una especia de democratización del lujo, donde las grandes marcas fabricaban productos “intermedios o accesibles que son llevadas por categorías sociales medias, en ocasiones incluso modestas”. Era la época en que las casas de alta costura también fabricaban el prêt-à-porter o el ready to wear, lo que significaba ropa producida en serie, como cualquier otra marca.
Sin embargo, en la última década los precios han subido de tal manera que vuelven a ser prohibitivos para grandes sectores de la sociedad. El lujo se ha vuelto caro nuevamente. El Wealth Report 2024 señala que desde 2023 el crecimiento del mercado del lujo ha sido explosivo: de un modesto 8% en diamantes al 140% en relojes o el 280% en ciertos whiskeys. Así, el costo de un Ferrari 330 modelo 1962 es de casi 52 millones de dólares, equivalente a un departamento de 1,700 metros cuadrados en la zona más exclusiva de Londres. Por el costo de una botella de whiskey Macallan 1926, 2.7 millones de dólares, se puede comprar un modesto departamente de 88 metros cuadradado en la misma zona.

Yves Michaud habla en El nuevo lujo, de que el mercado del lujo se ha ampliado a ámbitos donde la búsqueda de nuevas y costosas experiencias van unidas a sentimientos de arrogancia: “el lujo sirve para establecer diferencias mediante el acceso a símbolos, objetos, comportamientos, consumos y experiencias que no pueden ser compartidos por todo el mundo, y sobre todo, no deben serlo so pena de perder su valor”. No cualquiera puede pedir un filete cubierto por laminas de oro de 24 kilates comestibles.
En la actualidad, los multimillonarios usan un “lujo silencioso” (como en la serie Succesion) de manera discreta, mientras que los nuevos ricos se distinguen por presumir en sus redes sociales sus experiencias, viajes, comidas, ropa, relojes, zapatos, etc. Tal parece que la identidad de estos aspirantes a influencers, está marcada por la ostentación como un símbolo de distinción.
Más allá de estas interpretaciones, podemos afirmar que el lujo va de la mano de lo costoso, lo exclusivo y si se quiere hasta de lo exquisito, sin embargo, como dice Michaud, en sentido opuesto, también vemos que “hoy el lujo ya no es de buen gusto ni de buen tono. Es insolente, violento y arrogante”. Para muestra ahí están las fotos de deportistas, artistas, cantantes, empresarios y políticos.




