Editorial

Quien no conoce su historia está condenado a repetirla… y el mal no lo deja olvidar

#InPerfecciones
“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, reza la advertencia popular que tantas veces hemos escuchado, incluso en series como El Patrón del Mal”

 

Daniel Dueñas / @DanielDuenasB

editorial@inperfecto.com.mx

“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, reza la advertencia popular que tantas veces hemos escuchado, incluso en series como El Patrón del Mal. La trágica muerte de Miguel Uribe Turbay, joven senador y precandidato presidencial colombiano, nos recuerda que en América Latina las heridas de la violencia política nunca han cerrado del todo. Como mexicano, observo con preocupación cómo el asesinato de líderes emergentes no solo hiere a una nación, sino que pone en jaque a la democracia misma, abriendo la puerta a que se repitan los mismos ciclos de miedo, impunidad y silenciamiento que han marcado nuestra historia regional.

La herida que marcó la vida de Miguel se remonta a 1991, cuando su madre, la reconocida periodista Diana Turbay, fue secuestrada por el Cartel de Medellín, liderado por Pablo Escobar, mientras investigaba una historia. Durante seis meses estuvo cautiva, hasta que un fallido operativo de rescate ordenado por el gobierno colombiano terminó con su vida. Tenía apenas 40 años. En aquel entonces, Colombia vivía una de las épocas más sangrientas de su historia reciente: los carteles de la droga declararon la guerra al Estado, asesinando jueces, políticos, periodistas y policías. En ese momento, Escobar y sus aliados buscaban aterrorizar a la sociedad y golpear al Estado secuestrando personas con gran visibilidad pública —políticos, periodistas, familiares de líderes— para obligar a que la Corte Suprema y el gobierno desistieran de la extradición. Para un lector mexicano, es como imaginar la pérdida de una figura pública de alto perfil en medio de la violencia más cruda del narcotráfico, un hecho que deja cicatrices no solo en una familia, sino en todo un país.

Ese episodio trágico no lo quebró, lo forjó. Miguel Uribe Turbay creció llevando sobre sus hombros el peso de una historia marcada por la violencia, pero en lugar de dejarse arrastrar por el resentimiento, decidió convertirla en un impulso para servir. Se formó como un joven estoico, convencido de que el trabajo y la preparación eran las mejores armas contra la injusticia. A los 25 años fue elegido concejal de Bogotá, donde pronto destacó como “concejal revelación” y llegó a presidir el Cabildo Distrital. Con apenas 30 años, se convirtió en el secretario de Gobierno más joven en la historia de la ciudad, durante la alcaldía de Enrique Peñalosa. Abogado por la Universidad de los Andes, con maestrías en Políticas Públicas y en Administración Pública por la Harvard Kennedy School, era visto como un líder con proyección internacional. Su vida política no fue un grito de rencor sino una propuesta de paz institucional; como confesó en una entrevista: “Pude haber crecido buscando venganza, pero decidí hacer lo correcto: perdonar”.

En marzo de 2025, Miguel Uribe Turbay anunció su precandidatura presidencial, colocándose rápidamente como uno de los aspirantes más competitivos dentro del Centro Democrático. Su discurso apelaba a la reconciliación nacional, la defensa de las instituciones y el fortalecimiento de la seguridad, un mensaje incómodo para quienes prosperan en el caos. Sin embargo, la historia parece haber querido repetirse: el 7 de junio, en un mitin en Bogotá, fue atacado por un menor de edad que le disparó dos veces en la cabeza y una en la pierna. La investigación apuntó a la coordinación de grupos armados ilegales, los mismos que en otra época, con distinto nombre pero idéntica lógica, fueron cómplices del secuestro de su madre, Diana Turbay. En una Colombia gobernada por un presidente que no oculta su cercanía ideológica con sectores que se originaron en la lucha armada, la ironía es tan amarga como peligrosa: los verdugos de ayer, que decían luchar por el pueblo, hoy parecen seguir escribiendo capítulos contra la democracia.

La muerte de Miguel Uribe Turbay es más que una tragedia personal o un episodio de violencia política: es un recordatorio de que en América Latina la democracia sigue en una cuerda floja. Los jóvenes de nuestra generación aspiramos a corregir la historia, a romper los ciclos de odio y a construir un futuro sin miedo. Sin embargo, cuando las ideologías se aferran al pasado y pretenden dictar el rumbo del porvenir, el riesgo es que las naciones queden atrapadas en un eterno retorno de confrontaciones y exclusiones. Como mexicano, no puedo ignorar que lo ocurrido en Colombia nos habla también a nosotros: si permitimos que la violencia, el sectarismo y la impunidad se conviertan en árbitros de la política, el sueño de un mañana libre y justo quedará sepultado bajo las ruinas de nuestra propia historia.

 

#InPerfecto