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El país se seca y el gobierno no reacciona.
Miguel Angel Millán Cancino / @MiAngel_Millan
miangel.millan@inperfecto.com.mx
Nos estamos quedando sin agua. Lo hemos dicho por años. Lo han advertido científicos, campesinos, comunidades indígenas, organizaciones ambientales y hasta organismos internacionales. Pero en México, como en muchas otras cosas, las alertas no sirven si no convienen políticamente. Hoy, en pleno 2025, atravesamos una de las peores crisis hídricas de la historia moderna. Y lo más alarmante no es la gravedad del problema, sino la pasividad criminal de quienes deberían estar solucionándolo.
El país se seca y el gobierno no reacciona
De acuerdo con la CONAGUA, al corte de junio de 2025, más del 75% del territorio nacional presenta algún grado de sequía, desde “anormalmente seco” hasta “sequía excepcional”. En estados como Chihuahua, Sonora, Zacatecas, Hidalgo, Guanajuato y Ciudad de México, la escasez de agua ya no es un problema estacional: es permanente.
El Sistema Cutzamala, que abastece al Valle de México, está en niveles críticos, con presas como Villa Victoria y El Bosque por debajo del 30% de su capacidad. Los tandeos son ya parte de la rutina diaria de millones de personas. Familias que no pueden lavar, cocinar, ni bañarse. Pero también hospitales sin agua, escuelas sin baños funcionales y comunidades enteras sin una sola gota durante semanas.
¿Y el campo mexicano?
La sequía ha golpeado de forma brutal al campo. Según la SADER, entre enero y mayo de este año, se han perdido más de 280 mil hectáreas de cultivo por falta de agua. La producción de maíz cayó un 12%, la de frijol un 17%. Eso significa menos alimentos, mayor dependencia de importaciones y, por supuesto, más hambre. Mientras tanto, el presupuesto federal para el campo y la infraestructura hídrica se ha recortado año con año.
La prioridad no es sembrar agua. Es sembrar votos.
El saqueo legal del agua
Pero no se trata solo de sequía climática. Hay una sequía provocada: la del despojo legalizado, disfrazado de concesiones. En México existen más de 530 mil títulos de concesión de agua vigentes, de los cuales el 80% está en manos de empresas agrícolas, mineras, cerveceras, refresqueras y del sector energético.
¿Cómo explicamos que mientras un campesino del altiplano no tiene agua ni para su pozo, una cervecera extranjera en Baja California o una mina en Sonora bombean millones de litros diarios? Simple: la ley lo permite. Y el gobierno lo tolera.
Ni AMLO en su sexenio, ni Claudia Sheinbaum en su arranque, han tocado la Ley de Aguas Nacionales, a pesar de las promesas. Se han negado sistemáticamente a aprobar la tan postergada Ley General de Aguas, exigida por comunidades desde hace más de una década. ¿Por qué? Porque implica quitarle privilegios a quienes lucran con un recurso que debería ser un derecho, no una mercancía.
Megaproyectos contra el agua y contra los pueblos
Y mientras tanto, se siguen promoviendo megaproyectos que no solo consumen agua en exceso, sino que alteran ecosistemas enteros. El Tren Maya, por ejemplo, ha provocado deforestación, colapso de cenotes y contaminación de mantos freáticos en la Península de Yucatán. El Corredor Interoceánico implica una reconfiguración hídrica del Istmo que las autoridades no han querido explicar del todo.
¿Quién protege a los ríos, a los manantiales, a los cenotes? Nadie. Porque en este país el agua no tiene quien la defienda… al menos no desde el poder.
El agua como derecho humano… en papel mojado
Desde 2012, el artículo 4° constitucional reconoce el acceso al agua como un derecho humano. Pero eso no ha impedido que más de 13 millones de personas en México vivan sin acceso continuo o seguro al agua potable, según datos del INEGI.
La criminalización de comunidades que defienden el agua es la otra cara de la moneda. Activistas como Samir Flores fueron asesinados por oponerse a proyectos que amenazan sus ríos. Las comunidades en Puebla, Morelos, Oaxaca y Chiapas que rechazan hidroeléctricas o gasoductos siguen siendo hostigadas. ¿Ese es el respeto al derecho al agua?
¿Y la agenda climática del nuevo gobierno?
Sheinbaum llegó al poder con la promesa de un enfoque científico y ecológico. Sin embargo, su gabinete ambiental está lleno de operadores políticos, no de expertos. La CONAGUA sigue en manos de cuotas partidistas, sin visión de largo plazo. No hay una estrategia nacional hídrica seria, ni un plan integral de captación, reciclaje, reforestación o educación.
Se presume la construcción de algunas plantas potabilizadoras o de captación pluvial, pero eso es como ponerle una curita a una hemorragia arterial. Sin una reforma estructural al modelo de gestión del agua, vamos directo al colapso.
El futuro que ya alcanzamos
En ciudades como Monterrey, la crisis hídrica ya llegó. Tandeos severos, agua turbia, protestas. En zonas rurales, la escasez ha obligado a migrar. El desplazamiento por falta de agua es una realidad creciente que nadie quiere nombrar. En el norte del país, los enfrentamientos por el agua ya han dejado muertos.
No es ciencia ficción. Es México, 2025.
El Banco Mundial ya advirtió que, de no tomar medidas, el país perderá hasta el 6% de su PIB anual por los efectos combinados del cambio climático y la falta de agua. Pero aquí seguimos hablando de la refinería de Dos Bocas y del Tren Maya como si fueran el futuro.
¿Qué podemos hacer?
Desde casa, desde lo comunitario, podemos capturar agua de lluvia, usar tecnologías de reúso, sembrar árboles, cuidar cada gota. Pero seamos claros: esto no se soluciona solo con buena voluntad ciudadana. Necesitamos leyes, inversión, infraestructura, voluntad política y justicia.
Es tiempo de exigir al Congreso que apruebe la Ley General de Aguas con enfoque de derechos. De frenar concesiones a empresas depredadoras. De hacer valer el artículo 4º no solo como adorno constitucional, sino como mandato obligatorio.
Cerrar los ojos es una forma de complicidad
La escasez de agua no es un fenómeno natural aislado. Es consecuencia de decisiones políticas, de negligencia, de codicia. Y si no actuamos ya, no será solo la tierra la que se seque: será la dignidad de un país entero, que prefirió mirar hacia otro lado mientras se le escurría la vida entre los dedos.
Porque sin agua, no hay futuro.
Y sin justicia hídrica, no hay justicia posible.




