#InPerfecciones
La ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral o La fiesta del chivo, encumbraron a Vargas Llosa como un referente literario. Sin embargo, tiene algunas joyas poco conocidas que vale la pena recordar.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
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El pasado 13 de abril falleció uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura latinoamericana, Mario Vargas Llosa, uno de los 6 ganadores del premio Nobel oriundos de esta zona del mundo. Novelista, ensayista, cuentista, dramaturgo y con una vasta producción periodística, el peruano Vargas Llosa fue una de las voces más importantes y controvertidas durante varios años.
Sus novelas más conocidas son La ciudad y los perros, Conversaciones en la catedral o La fiesta del chivo, obras que lo encumbraron como un referente literario. Sin embargo, Vargas Llosa tiene algunas joyas que vale la pena recordar. La primera de ellas es El hablador, una novela publicada en 1987 y que es una historia contada a dos voces. Una de ellas es la del narrador, un escritor peruano (presumiblemente el propio Vargas Llosa, quien va a representar la racionalidad y los valores del occidente. El otro personaje es el de Saúl Zuratas, hijo de padre judío, a quien le apodaban mascarita, por tener un lunar que le cubría la mitad de la cara. El elemento cohesionador de todo es una tribu nativa de la Amazonía peruana, los machiguengas, y las historias que son contadas por una persona que la tribu ha designado como “el hablador”.
Así, mientras el narrador cuenta las bondades que ha traído el desarrollo de occidente para el mundo de la ciencia, las artes, para el hablador lo más valioso son los relatos donde el tiempo no es lineal y las cosas suceden por cuestiones mágicas alejadas de la lógica científica. Para el narrador, el constante progreso es lo que mueve al mundo; para el hablador, la sobrevivencia de su pequeña tribu depende de la inmovilidad de sus dioses. El narrador considera que para salir del atraso, las tribus deben occidentalizarse, empezando por la evangelización católica (curiosamente, el nuevo papa, León XIV, es naturalizado peruano tras vivir muchos años en diferentes provincias del Perú). El hablador defiende el aislamiento cultural porque considera que solo así preservarán sus creencias y su forma de entender al mundo.
En su momento, los expertos consideraron a El hablador, como una obra bien escrita, pero menor dentro del universo vargasllosano, que encontrara en la revuelta zapatista de 1994, un buen motivo para volver a ella, y tratar de entender las razones subyacentes en lo que se estaba viviendo en la selva chiapaneca: el occidente globalizado contra el atraso de las comunidades indígenas.
Otra novela que no goza de tanta fama es Tiempos recios, publicada en 2019. Aquí el relato va sobre lo sucedido en Guatemala en los años 50 del siglo pasado con las presidencias de Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz y Carlos Castillo Armas, y el papel que jugaron los Estados Unidos a través de su embajador, la CIA, Anastasio Somoza y Rafael Trujillo (sí, el mismo de La fiesta del chivo). Y para terminar con los personajes oscuros, la nefasta United Fruit (o la frutera, como era conocida a nivel local), juega un papel primordial.
La trama es más o menos así. En 1944, Juan José Arévalo se convierte en el primer presidente electo mediante comicios libres en Guatemala. Su gobierno se caracterizó por tratar de integrar a las clases bajas en el desarrollo económico. Árbenz, continúa con la línea de su antecesor, pero sufre las consecuencias de una campaña orquestada por la derecha de su país y por las empresas estadounidenses, donde lo acusan de comunista. De hecho, en una discusión inicial le preguntan al presidente de la United Fruit, si Árbenz representa un peligro por ser comunista, a lo que señala que lo anterior es falso, pero es peor que eso “su amor desmedido por la democracia representa una seria amenaza para la compañía”. Quería imitar una democracia donde las empresas pagaran impuestos (las empresas estadounidenses no pagaban un solo centavo de impuesto por sus ventas de plátanos), existieran sindicatos y programas de bienestar para los más pobres.
Por último, Varga Llosa también se caracterizó por escribir varios ensayos sobre autores clásicos como Flaubert, Víctor Hugo, Borges, Onetti, también se dio tiempo en 2012 de escribir hacer de las transformaciones que veía en el mundo en La civilización del espectáculo. En esta obra, Vargas Llosa cuestiona los valores de occidente, a partir de un planteamiento del poeta T. S. Elliot, quien afirmaba que el mundo se dividía en alta cultura y cultura popular, pero que llegaría el momento en que la fusión de ambas no terminaría en una gran cultura, sino en una carencia de cultura.
Por ejemplo, el que existan grandes filas para entrar al Louvre, no significa que la gente aprecie las exposiciones, sino que lo hacen por esnobismo, por capturar la foto y subirla al Instagram, por lo que Vargas Llosa llama la “obligación del perfecto turista posmoderno”. Hoy hablamos de espectáculo y no de cultura. Las óperas de Verdi o Mozart quedaron para la posteridad, lo mismo que las novelas de Tolstoi o Julio Verne. En cambio, los conciertos de Shakira o Bad Bunny, por más espectaculares que sean, solo funcionan al momento para después desaparecer y ser sustituidos por el siguiente artista y el próximo concierto.
Al poner en primer lugar el divertimiento y la diversión, hemos logrado “la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y en el campo de la información, que prolifere el periodismo irresponsable de la escenografía y el escándalo”. Cualquier parecido con las redes sociales es mera consecuencia de lo anterior.
La trascendencia del autor peruano radica en que algunos de sus escritos son extraordinarios y otros simplemente buenos (sus fallas las encontramos cuando quiso ser político), pero sobre todo, porque, como si fuera miembro de los machiguengas, que decían que para sobrevivir en el mundo el hombre debe echarse a andar, Vargas Llosa usó la palabra para echarse a andar.
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