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HUMO BLANCO: LA CHIMENEA DE LA ESPERANZA

#InPerfecciones
“Hagan lío” Papa Francisco

 

 

Pablo Ricardo Rivera Tejeda / @PabloRiveraRT
pricardo.rivera@gmail.com

 

Por la mañana, el cardenal camarlengo comunicaría la triste noticia: el Papa había regresado a la Casa del Padre. Francisco, un hombre disruptivo para el mundo y la Iglesia, dejaba la sede vacante frente a un contexto de dudas e incertidumbre. Pero ¿por qué este acontecimiento le ha dado vueltas al mundo? ¿Qué le puede decir a alguien que no comparte la fe el mensaje del papa Francisco?

 

Hace poco, el filme Cónclave se estrenó en pantallas y causó gran revuelo: un éxito rotundo, sin duda –más aún con el fallecimiento del Papa–. La película posee una precisión digna de aplaudirse: grandes tomas, investigación previa y muchas otras cosas. Aun así, me parece que esta película no deja de ser una ficción; una historia contada de tal modo que el espectador quede enganchado hasta el último minuto. He ahí uno de los grandes problemas, a saber, no distinguir lo verdadero de lo verosímil; la trama de la realidad. Si bien el cónvclave es un proceso que de suyo tiene una enorme cantidad de particularidades, no se entiende por completo sin el factor de la fe. A diferencia de lo que se podría pensar, lo que ocurre en la Capilla Sixtina no es una votación política con candidatos y debates, por el contrario, son los cardenales quienes, inspirados por el Espíritu Santo –y acompañados por la oración de muchos fieles– designan al nuevo sucesor de san Pedro, el primer papa.

 

Como muchas cosas, la perspectiva es determinante. Un hike es una actividad no solo rara sino estúpida para quien no entiende la pasión de muchos por admirar las cumbres de las montañas y pasar un gran tiempo con amigos mientras la respiración se agita con la pendiente. Para alguien que no es aficionado al soccer, ver a 22 sujetos –en shorts– corriendo tras una pelota no tiene mucho de interesante. Lo mismo pasa con sucesos como el cónclave: para quien no está familiarizado con la Iglesia, este acontecimiento será de lo más extraño, a pesar de que para quienes se dicen católicos, sea un momento lleno de sobrenaturalidad y oración en el que se decide el destino de la Iglesia. Una vez más, no es exótico, simplemente, cuestión de perspectiva.

 

Sin embargo, traigo esto a colación porque me parece sumamente relevante explicar que el cónclave –y el discernimiento de los 133 cardenales electores– no será la elección de un nuevo líder político o encumbramiento de una nueva superestrella. Por el contrario, el nuevo papa será el representante de Cristo en la tierra, y aunque el cardenal electo no esté exento de errores, sí se ha de considerar que su puesto va más allá del de un directivo en una importante compañía: guiar al pueblo de Dios es una labor mucho más compleja.

 

Ahora bien, ¿por qué trato estos temas cuando no todos –lo sé, mis queridos lectores– viven la fe católica. Me parece que aclarar algunos de estos puntos puede conducirnos, convenientemente, a preguntarnos por el legado del papa Francisco, un pontífice que no dudó en hacer llegar su mensaje incluso a quienes estaban más alejados. El recién fallecido Papa nos dejó enseñanzas y lecciones que van más allá de la religión; dejó una huella en el corazón de un mundo lleno de diversidad. En este tenor, me gustaría reflexionar sobre tres puntos en particular.

 

Francisco, sin duda alguna, enseñó en vida la importancia de “saber acoger” a todos los quienes vinieran a nosotros. Desde un inicio, su pontificado abogó por los pobres, por los más desaventajados y por las minorías. El papa no dudó en extenderle la mano a quien no pensaba como él y supo hacer sentir cómodos a quienes por una u otras razones habían perdido contacto con la Iglesia y con Dios mismo. Francisco, como bien lo dice en Fratelli tutti , entendió que todos somos hermanos sin importar las circunstancias: un trato digno, un trato de familia no le debe ser negado a nadie. ¿No podemos, nosotros, abogar por algo similar? Dejando de lado el credo, ¿qué podemos hacer por el prójimo para edificar una sociedad en la que prime la armonía sobre la polarización? El Papa nos dejó en claro que, sin importar si profesamos o no alguna fe, todos, por la simple pertenencia al género humano, tenemos un deber para con el “otro”, que, desde cualquier óptica, no podrá dejar de ser nuestro hermano.

 

¿Cómo acogemos a los demás? ¿Qué hacemos para fomentar la fraternidad, la paz y la búsqueda de solidaridad?

 

Como segundo punto, el papa Francisco repitió hasta el cansancio que la misericordia de Dios es infinita: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón”. Con todo, su mensaje no se agotaba en la mera bondad de Cristo, sino que impulsó –siendo prueba de ello el Jubileo– el valor de la esperanza. Independientemente de si creemos o no en Dios, ¿no es verdad la mucha falta que hace la esperanza? Guerras, pobreza y catástrofes de todo tipo. La esperanza, inmersos en un contexto así, dota de color y sentido a la vida entera. Esperar en algo, incluso en aquello de lo que no tenemos completa certeza, nos mueve a buscar un mañana mejor, a construir cimientos firmes para el futuro. ¿Qué sería el hombre sin esperanza, qué sería de nosotros sin buscar lo que pronto ha de llegar?

 

A algunos, el Papa nos enseñó a creer, mientras que a otros, les enseñó a no rendirse. Un año de esperanza implica un año de creer en la humanidad, un año de defender y luchar por los ideales que hemos decidido defender con nuestra vida, un periodo de no rendirse y de ser capaces de soñar; luchar hasta el cansancio por un anhelo que no tiene por qué quedarse en vanidad. El Papa nos enseñó a no parar, a perdonar y a seguir siempre con la fuerza del amor. “Quien no vive para servir, no sirve para vivir” ¡Cuánta caridad necesita el mundo! No pongamos excusas, puesto que nada cuesta querer.

 

Finalmente, Francisco nos dejó una imagen digna de admirar: un Papa que se preocupa por el medio ambiente, un Papa consciente de que los recursos no son para siempre. En Laudato Si, Francisco expresó sus preocupaciones por el bienestar de la Tierra y la explotación de sus recursos. No hay por qué, siendo católico, quedarse de brazos cruzados frente a las grandes problemáticas que vivimos como sociedad. También, Francisco fue un asiduo promotor de la paz y la justicia; por decirlo de alguna manera, Francisco fue un Papa con los ojos en el Cielo y con los pies en la tierra. Así, incluso de no ser creyente, el Vicario de Cristo nos enseñó que no hay riña entre la fe y la sociedad; no hay embate entre creer y hacer el bien. Todos, como ciudadanos del mundo, tenemos una indiscutible responsabilidad de cuidar el mundo y las condiciones bajo las cuales los hombres viven en él.

 

Francisco, además de novedoso, fue un papa “muy humano”. Un hombre  al que le molestaba que los jóvenes fueran exageradamente propios y refinados, exhortándoles, por el contrario, a que hicieran lío. Un papa preocupado, de verdad, por los pobres y los marginados. Francisco nos demostró que lo nuevo no es sinónimo de lo malo. Con actitudes concretas, el Papa que hoy descansa en paz nos dijo, hasta el último suspiro, que cristianos o no, siempre hay algo que hacer y alguien a quien ayudar: abrazar a quienes no piensan distinto, rezar por quienes sufren y escuchar a quienes lo necesiten. En pocos detalles, Francisco nos demostró que no hay que profesar una fe para cambiar el mundo.

 

Para quienes seamos católicos, no dejemos de rezar por el próximo sucesor de san Pedro y la unidad de la Iglesia; para quienes no, no dejen de construir puentes para unir un mundo cada vez más lleno de paz, comprensión y caridad. Buscar el bien es responsabilidad de todos.

 

¡Un abrazo!

 

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