#InPerfecciones
Lo que hemos visto en años recientes es que no podemos dar por hecho que la libertad y la democracia son valores que hayan llegado para quedarse.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Una de las cuestiones sobre la que más se ha debatido a lo largo de los siglos es el tema de la libertad. Cuando en 1762 Jean-Jacques Rousseau escribiera en su obra cumbre, El contrato social, que “El hombre ha nacido libre, y sin embargo, vive en todas partes entre cadenas”, no hacía otra cosa más que poner en la cima de sus preocupaciones de qué forma las personas son libres y a la vez, cómo todo el entorno acota la capacidad de decidir soberanamente, específicamente desde el punto de vista de los contractualistas y la cesión de poder al Estado.
Un siglo posterior a Rousseau, el filósofo inglés John Stuart Mill en su célebre ensayo Sobre la Libertad, no se enfocaría en las cadenas sino en “la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo”. Por muchos años el gran enemigo de la libertad era la sociedad misma o el Estado, sin embargo, con el pasar del tiempo, terminamos por acudir al Estado para que preservara nuestra libertad.
No es que de repente el Estado pasara a ser amante de la libertad (de hecho, Lenin planteaba el dilema “o Estado o libertad” como nos los recuerda Norberto Bobbio, en Teoría General de la Política), sino que el devenir histórico, y sobre todo, la expansión de la democracia, hicieron que ambos conceptos se fueran uniendo de manera más sólida. Así, mientras que por un lado el poder coercitivo del Estado afloraba en los regímenes dictatoriales o autoritarios, en la democracia se extendían los derechos a la libertad, incluso por encima de la idea de igualdad o de justicia.
Uno de los politólogos más influyentes del siglo pasado, Robert Dahl, destacaba como premisa básica para el desarrollo de la democracia la existencia de condiciones de libertad: para votar y ser votado, de reunión, de pensamiento, de información y de expresión entre otras. De esta forma no se podía desasociar la democracia de la libertad y se convirtió en la máxima exigencia en los años setenta y ochenta en España, Grecia, Portugal, Argentina, Paraguay, Brasil o Chile, para salir de dictaduras militares, o de “dictaduras perfectas” como en México. Para la década de los noventa, expresiones similares retumbaban en Praga, Varsovia, Berlín o en Moscú. Era inobjetable que el mayor anhelo de la sociedad era vivir en libertad. Y hasta esos años, todo era alegría por la expansión sin precedentes de la democracia.
Pero algo se torció en el camino, y poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a hablar de la libertad, no desde el punto de vista de quien lucha por obtener un ideal, sino desde la perspectiva de quien tiene miedo de perder lo que tiene. Es decir, hay que tratar de entender lo sucedido, retomando lo planteado por Bobbio en el sentido de que para hablar de libertad “quien la invoca está obligado a dar una respuesta precia, al menos a estas dos preguntas: a) ¿libertad de quién?, b) libertad de qué?”, así que debemos preguntarnos de qué libertad hablamos en estos tiempos.
Por ejemplo, desde el discurso político, tan proclive a las expresiones populistas, una de las libertades más preciadas y ganadas con base en años de lucha, la libertad de expresión ha sido pervertida por una libertad para mentir. Francis Fukuyama en El liberalismo y sus desencantados habla de lo importante que es defender la libertad de expresión, y a la par, reconocer que la libertad humana no es ilimitada, por lo que la mentira y el engaño no pueden ser considerados como actos libres.
Timothy Snyder, en su libro más reciente, Sobre la libertad, reflexiona acerca de la manera en la que concebimos a la libertad, desde un aspecto negativo: “cuando presuponemos que la libertad es negativa, que es la ausencia de esto o aquello, presuponemos que eliminar una barrera es lo único que tenemos que hacer para ser libres”. En este sentido, entendemos que, si no tenemos sobre nosotros la amenaza de la delincuencia, la inseguridad o la guerra nos puede generar la sensación de que somos libres.
Snyder nos dice que la libertad no puede atarse a “la ausencia del mal sino la presencia del bien” y que “ningún individuo logra la libertad por sí solo. Desde el punto de vista práctico y ético, libertad para ti significa libertad para mí”. De esta forma, podemos ir reconstruyendo el concepto de libertad a través de vernos en el espejo de la sociedad y con una visión positiva. Una libertad creada a partir de compartir con los demás los buenos propósitos y no una libertad basada en el egoísmo y el miedo.
Lo que hemos visto en años recientes es que no podemos dar por hecho que la libertad y la democracia son valores que hayan llegado para quedarse. Por el contrario, debemos entender que su existencia depende de la defensa que les hagamos en el presente. Por mucho tiempo hemos estudiado las transiciones a la democracia y las regresiones autoritarias que se han presentado en países de América Latina o Europa del Este; la novedad es que ahora agregamos a los Estados Unidos, quien por años se asumiera como el garante mundial de los más altos valores democráticos y de libertad.
Sin duda, la libertad ha sido uno de los valores más apreciados por la humanidad a lo largo de su historia. Nosotros mismos somos testigos de lo complicado que ha sido la extensión de las libertades en nuestras sociedades. Sino reforzamos la libertad obtenida, positiva, constructiva y nos atrincherarnos en una libertad negativa, en poco tiempo veremos como la libertad será limitada. Como dice Snyder “sin ideales es imposible ser realista. Si uno se olvida de la libertad, malinterpreta al mundo y lo cambia a peor”.
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