#InPerfecciones
Mientras unos países se fortalecen en lo inmediato en los campos de las antiguas guerras, hay otro que mira al futuro.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
El sueño por revivir al imperialismo está presente en nuestros días. Ese deseo que tenían los países poderosos por ser más grandes e ir extendiedo sus fronteras, y que por un momento parecía haberse quedado como una etapa más en la historia vuelve a resurgir. El imperialismo lo podemos entender como “la expansión violenta por parte de los estados o de sistemas políticos análogos del ámbito territorial de su influencia o de su poder directo y las formas de explotación económica en perjuicio de los estados o pueblos sometidos que van unidas normalmente a estos fenómenos” (Diccionario de Política de Norberto Bobbio y otros autores).
Durante muchos siglos, los imperios gozaron de buena fama ya que se les atribuía valores positivos de que su presencia significaba la llegada del progreso y la civilización, interpretación que está superada dado que los beneficios del imperio solo fueron para el país dominador y no para los conquistados. Samir Puri, dentro de la controvesial propuesta, El legado de los imperios, nos recuerda que debemos recordar que el imperio fue “durante siglos sinónimo de orden mundial”. Un orden basado en el poder del más fuerte.

Si bien es cierto que después de la segunda guerra mundial, ya no se dieron anexiones o invasiones por parte de las grandes potencias triunfantes, Estados Unidos y la Unión Soviética, sí hubo procesos de ampliación a los “ámbitos de influencia”, donde a los países que osaban oponerse al líder regional, en occidente u oriente, se les daba una respuesta militar temporal para que regresaran al redil: Checoslovaquia, Corea, Vietnam o Afganistán, dan muestra de lo anterior.
Este acuerdo no escrito se rompió en 2014 con la ocupación de fuerzas rusas en la península de Crimea, perteneciente a Ucrania, territorio que posteriormente pasó a ser formalmente parte de Rusia, en algo que mucho recuerda a lo sucedido en Checoslovaquia en 1938. Y al igual que con la Alemania hitleriana que no se conformó con solo anexarse una parte de otro país, sino que fue por más y terminó invadiendo Polonia, la Rusia contemporánea, inició una invasión en 2022 con la intención de hacerse con el resto de Ucrania.
El pasado 14 de febrero el vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, se presentó en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un evento que se celebra tradicionalmente desde 1963 y donde se abordan temas globales de seguridad. Sus palabras, que se esperaban dieran más información sobre el alcance del acuerdo que habían anunciado Trump y Putin acerca de la guerra en Ucrania, se tornaron controversiales al señalar que “la amenaza que más me preocupa en Europa no es Rusia, no es China, no es ningún otro actor externo. Lo que me preocupa es la amenaza desde dentro: el retroceso de Europa en algunos de sus valores más fundamentales”. Democracia y libertad de expresión son los valores a que se refirió Vance, mientras omitía referirse a Ucrania y las ambiciones imperialistas de Rusia. Días después, Trump, retomando el discurso de Putin, señaló que Ucrania había iniciado la guerra.

Lo anterior cobra sentido porque en su segundo periodo como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha hecho el planteamiento explícito de ampliar el territorio estadounidense: insistiendo en que Canadá debería formar parte de la unión americana; ha ofrecido comprar Groenlandia; y ha amenazado con volver a ocupar con fuerzas militares el Canal de Panamá. Estamos frente a una nueva edición de “América para los americanos” de Monroe. La diferencia es que mientras los viejos imperios buscaban su expansión a costa de sus enemigos, ahora Estados Unidos se planta de manera agresiva ante los países socios y amigos, justo en el momento identificado por Amin Maalouf en El laberinto de los extraviados, en el que occidente está en una etapa de declive ante sus adversarios, “con la apariencia de una auténtica quiebra y moral”.
En esta reconfiguración, Europa, el continente que albergó a grandes imperios, no parece suspirar por viejas glorias sino por mantener su unión y evitar el avance ruso. Japón, otro viejo imperio que un siglo atrás derrotara a Rusia y China, tampoco está en condiciones de replicar un dominio más allá de sus fronteras.
Sin embargo, como lo señalan Peter Heather y John Rapley en ¿Por qué caen los imperios? los grandes imperios (teniendo como principal ejemplo a Roma) “empezaron a generar el fin de su propio dominio a causa de las transformaciones que desencadenaron en el mundo que los rodeaba”. EU ha perdido el liderazgo en un occidente que se siente a la deriva. Rusia ha fracasado en su intención por demostrar un poderío militar. Si bien, eso no quiere decir que mañana se desmoronarán los países, me parece que están más cerca de sentar las bases de una futura caída a sus sueños imperialistas.
Lo que estamos presenciando es una película que hemos visto una y otra vez: la historia de un país (o varios) queriendo extender sus dominios más allá de sus límites geográficos. Como lo apuntó en su momento Paul Kennedy en su clásica obra, Auge y caída de las grandes potencias, “los Estados punteros luchan del sistema internacional luchan por aumentar su riqueza y poder, por llegar a ser (o seguir siendo) ricos y fuertes”. Para su estudio, Kennedy se basaba en una revisión de la economía y la estrategia militar antes, durante y después de un conflicto armado.
Nos queda China, quien silenciosamente fortalece su economía y su ejército, pero, sobre todo, entiende que la base del siguiente imperio estará en la esfera de lo digital. De acuerdo con Anu Bradford en Imperios digitales, China se ha lanzado a la ofensiva en la guerra tecnológica, “tanto en aras de su autosuficiencia en un mundo tan volátil como este como para prevalecer sobre Estados Unidos”. Mientras unos países se fortalecen en lo inmediato en los campos de las antiguas guerras, hay otro que mira al futuro.
#InPerfecto



