#InPerfecciones
La expansión casi sin límites de la información no significó el triunfo de la verdad, sino que el poder se apropió de este mecanismo.
Alejandro Animas Vargas / @alexanimas
animasalejandro@gmail.com
Cuando escuchamos hablar de redes, nos vienen a la mente esa intrincada malla hecha de hilos o alambre que rodean las propiedades; también la que existe al fondo de una portería de futbol, debajo de un aro de basquetbol o en medio de una cancha de tenis; y habrá quien la relacione con la pesca o la cacería. Otro tipo de red es la que encontramos en las ciudades: la red ferroviaria, la carretera, la del transporte, la hidráulica, etc. Otras redes hablan de actividades humanas no necesariamente legales como la red de contrabandistas, de espionaje y otras por el estilo. De igual forma, dentro de las personas esta la red neuronal o la red sanguínea. En todos los casos, hablamos de cómo los elementos que conforman una red están directa o indirectamente interconectados.
El concepto “red”, por lo tanto, es muy poderoso y usado con mucha frecuencia y en todos los ámbitos. Por ejemplo, a la humanidad se le puede ver como la historia del crecimiento de sus redes. Es decir, de cómo unos pocos grupos de individuos aislados fueron creciendo y asociándose con otros para formar redes de comercio, de protección, etc. A mayor desarrollo de las comunicaciones, las redes se volvieron más grandes. El mundo de hoy sería imposible de describir sin mencionar el impacto de las redes sociales, de las cuales pocos se escapan.
Para Manuel Castells en Redes de poder e indignación, en lo que denomina como “sociedad red”, señala que “el ser humano constituye significados al interactuar con su entorno natural y social, interconectando sus redes neuronales con las redes de la naturaleza y las redes sociales”. Y toda esta interconexión, natural o tecnológica, funciona mediante la comunicación. “Los relatos fueron a primera tecnología de la información relevante desarrollada por humanos. Establecieron los cimientos de la cooperación humana a gran escala e hicieron de los humanos los seres vivos más poderosos de la Tierra. Pero como tecnologías de la información, los relatos tienen limitaciones”, señala el historiador Yuval Noah Harari en su libro más reciente, Nexus, una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA.
Las redes, por lo tanto, han servido para constituir mitos como el de Rómulo y Remo amamantados por una loba, o el águila parada en un nopal devorando la serpiente, que dieron origen a grandes imperios; así también, se lograron construir las nefastas y terribles experiencias de la Alemania hitleriana o la Unión Sociviética stalinista.
Ahora estamos en una época que gracias al crecimiento de las tecnologías nos encontramos en un mundo donde las redes son globales y la comunicación es instantánea. Como humanidad, este es uno de los mayores logros de la historia. Por siglos, grandes civilizaciones florecieron al mismo tiempo ignorando incluso la existencia de otras de igual magnitud. Hoy, que la información viaja al instante, ya no debemos preocuparnos por las comunicaciones, sino por el contenido de las mismas.
Con el surgimiento del internet se pensaba que iniciábamos una era dorada donde una mayor cantidad de información generaría un conocimiento más amplio. Y así fue en un principio. Sin embargo, poco tiempo duró la ilusión de una nueva Ilustración, y la expansión casi sin límites de la información no significó el triunfo de la verdad, sino que el poder se apropió de este mecanismo.
Como si estuviéramos en la antigua Roma o en el viejo imperio azteca, el poder se fue apropiando de los relatos y ha aprovechado las actuales condiciones para ir construyendo nuevas ficciones. En este sentido Harari afirma que “un político, un movimiento o un país pueden salir adelante en cualquier lugar con la ayuda de mentiras y engaños, pero a la larga esta estrategia será contraproducente. Por ejemplo, la gente que ignora la verdad acerca de la biología humana puede creer en mitos racistas, pero no podrá producir medicinas potentes ni armas biológicas”. El triunfo de la mentira de unos pocos se convertirá en el fracaso de toda una generación.
La libertad que es inherente a la democracia, sumada a la velocidad y amplitud de la información, junto con lo poderosas que son las redes de comunicación, han dado como resultado la propagación de ideas que parecían existir solo en los libros de historia. Hoy no resulta raro escuchar a quienes afirman que las vacunas son malas y están diseñadas para controlar a las personas, o que la tierra es plana, pero a diferencia de otras épocas, nadie es condenado a la horca por sus ideas, aunque sí terminan quemados en las “hogueras digitales de las redes”, dice Irene Vallejo en un artículo reciente.
Las redes de indignación, señala Castell, llevaron a los jóvenes egipcios a unirse en contra de la dictadura en la esperanzadora, pero efímera, primavera árabe (busquen el excelente documental La plaza de Jehane Noujaim que retrata ese lúcido momento en la historia). Harari, más pesimista, cuestiona el creciente papel que juegan los algoritmos y la Inteligencia Artificial para fomentar redes que basadas en mentiras y falsedades, permitan la elección de aspirantes a dictador. No olvidemos, que mientras en las democracias la información es libre y abierta, en las dictaduras, la información es centralizada y manipulada.
Ciertamente el panorama no luce alentador. Estamos frente a una nueva ola de gobiernos que desdeñan la democracia y aprovechan las tecnologías imperantes para hacer de la información, no un medio para la sabiduría, sino para el control; no una red virtuosa de comunicación sino una envolvente telaraña de manipulación. Ya Karl Popper nos lo había advertido en su clásico, La sociedad abierta y sus enemigos: “si comenzamos por la supresión de la razón y la verdad, deberemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de todo lo que es humano”.




