#InPerfecciones
Pasé mucho tiempo creyendo que la raíz del malestar físico es la inestabilidad emocional, y creyendo por consecuencia, que somos nosotras mismas las responsables de nuestro bienestar, o culpables de nuestro dolor.
Karla Soledad / @kasoledad
k28soledad@gmail.com
¿Es el malestar emocional lo que provoca el malestar físico? ¿Es verdad que nuestro cuerpo somatiza el dolor del alma? Si somos íntegra y enteramente responsables de nuestro bienestar corporal al gestionar nuestro bienestar interno… ¿Entonces significa que también somos culpables de nuestros padecimientos físicos?
En el último par de semanas he reflexionado mucho a este respecto, pues he estado bajo una situación familiar de estrés y preocupación por la salud de mi mamá. Ella padece de un dolor crónico en la espalda que la atormenta desde hace varios años y con el tiempo solo empeora, limitando cada vez más su movilidad.
Además, mi mamá sufre de diferentes problemas en sitios inesperados y curiosos de su cuerpo. Los famosos “achaques”, como solemos encasillar a los dolores que vienen con la edad. A veces inflamaciones en el ojo, a veces incomodidad en la cintura, a veces presión en la rodilla, y otras veces una punzada extraña en la ingle. Finalmente y sumándose a sus malestares corporales, también aparecen episodios de insomnio y sarpullidos ocasionales en el brazo izquierdo.
Con el tiempo mis hermanos, mi papá y yo nos hemos percatado de que las dolencias de mi mamá incrementan cuando estamos atravesando alguna situación familiar complicada: empezó con problemas académicos cuando estudiábamos la universidad, siguió con el surgimiento de complicaciones económicas, y decisiones de mis hermanos y mías que le causaban ansiedad, como cuando me fui a vivir sola o mi hermano chico se tomó un semestre sabático.
Mi mamá se ha sometido a diferentes tratamientos médicos y alternativos: probó la terapia psicológica, tomó toda una temporada de masajes holísticos y descontracturantes, acudió a diferentes sesiones de fisioterapia, e incluso tratamientos electroconvulsivos. Se ha hecho más estudios de los que puede recordar y ha visto tantos doctores como le han recomendado. Sin embargo, la motivación y la esperanza de recuperarse y sentir un alivio duradero se ha desvanecido con cada cita médica y con cada terapia fallida.
El fin de semana pasado fue uno de los peores momentos de mi vida al ver a mi mamá moviéndose de su cama al baño con un bastón y arrastrando su pierna izquierda con la mano para poder caminar. Me quedé dormida hecha bolita y llorando al escucharla a ella llorar al teléfono hablando con mi abuelita, confesándole el miedo y la preocupación que sentía al no poderse mover.
No sabía cómo ayudarla ni qué decirle para hacerla sentir mejor. Al escucharla llorar sentí ganas de entrar a su cuarto y abrazarla, pero creí importante dejarla desahogarse y buscar consuelo en el apapacho de las palabras de su mamá. Nunca nada me había conmovido ni enternecido tanto como escuchar a mi mamá buscando refugio en mi abuelita. Hay algo en ver a tus papás, a quienes miras hacia arriba como personas adultas y sabias, desmoronarse en un llanto de temor y fragilidad.
Admito que en un principio no reaccioné de manera empática o amorosa. La primera emoción que sentí fue rabia, y el primer pensamiento que cruzó mi cabeza cuando vi a mi mamá en ese estado fue culparla, creyendo que ella misma es la responsable de su estado físico, pues es su incapacidad de lidiar con el estrés y la ansiedad de sus preocupaciones diarias la causa de su deterioro.
Mi enojo continuó con mis ganas de seguir buscando culpables, y entonces me detuve en mi papá y mis hermanos. Claro, como mi mamá es la cocinera y lavandera oficial de mi casa, es obvio que el esfuerzo de las labores domésticas la hayan llevado a este punto. Y ellos, en su comodidad y en su indiferencia, permiten que siga haciendo esfuerzo físico.
Después de terminar con el juicio inquisidor en contra de mi familia, culpé a la pandemia, pues dos años y medio de encierro habían significado que mi mamá duplicara el tiempo y la capacidad que le dedicaba a la cocina y a la limpieza. Ella, en su felicidad por tenernos -incluyéndome- en la casa 24/7, restó importancia a los efectos físicos que el encierro y la rutina doméstica podría ocasionar en su cuerpo.
Y entonces llegué a la última persona en la que la culpa debía encontrar sentido: en mí misma. Por mi lejanía, mi falta de comunicación, mi ausencia en la casa y mi desconexión con mi familia era que mi mamá se encontraba en tal punto de dolor. Si yo hubiera estado ahí, viviendo con ella, procurándola, cuidándola y ayudándole con las tareas del hogar nada de esto hubiera pasado.
Ese fin de semana me fui de mi casa sintiéndome triste, preocupada, ansiosa y con temor de lo que pudiera pasar con mi mamá no solo en los próximos días sino en los próximos años. Mi mente comenzó a irse a todos los escenarios obscuros que pudo imaginarse. Regresé a mi departamento con un fuerte dolor de cabeza, y un tic en el párpado izquierdo que al cabo de un par de días evolucionó en un orzuelo. Mismo que eventualmente me obligó a desconectarme de mi trabajo a causa del dolor y la desesperación de no ver bien.
Entonces pensé en mi mamá. Me vi ahí, tendida en mi cama con un dolor cuyo origen desconocía. Pensé en mi reacción de culparla cuando la vi caminando con aquel bastón, y me pregunté: ¿Es verdad que mi mamá es responsable del estado en el que se encuentra? Después de todo lo que ha tenido que vivir, ¿será que ella también tiene que lidiar con el dolor de culparse a ella misma por sentirse así? ¿Podemos forzarnos a adoptar un estado de ánimo positivo cuando vemos que nuestro cuerpo nos falla y nos traiciona?
“Tras considerar durante tanto tiempo a las mujeres como débiles, enfermas y deficientes por naturaleza, la medicina parece haber cambiado de opinión. Ahora se sospecha que todos sus males son de origen “psicosomático”. En pocas palabras, han pasado de estar físicamente enfermas a mentalmente enfermas” Mona Chollet – Brujas: ¿Estigma o la fuerza invencible de las mujeres?
El pasaje de este libro ha resonado en mí todos estos días conforme intento procesar la situación de mi mamá. En un inicio, no hubiera pensado en que mi mamá, al ser mujer, esposa, madre y ama de casa, vive una realidad que ni yo ni ningún miembro de mi familia nuclear podemos comprender, y en su condición de todas estas identidades que la conforman, se enfrenta a diario con una lucha particular.
Al principio no hubiera pensado en que, probablemente, la manera en que los médicos han tratado a mi mamá ha tenido que ver con su manera de tratar a las mujeres que llegan a su consultorio en general. Y no hubiera pensado que mi manera de juzgarla por no gestionar sus emociones ha sido también el juicio al que se ha enfrentado en cada terapia y cada tratamiento al que acude. Al final, no sigue siendo más que un montón de dedos señalándola y diciéndole que es ella la que ha provocado su propia enfermedad.
Hace poco escuché un podcast que me ayudó en el proceso de reflexionar sobre este tema. De aquel episodio me quedó la reflexión de que la sanación física no es tan sencilla como adoptar una actitud positiva, y no podemos cargar el peso de la salud en un buen estado de ánimo. De hecho, un buen estado de ánimo no es la emoción “positiva”, sino la emoción correspondiente. Sentir un dolor físico deriva naturalmente en emociones de tristeza y miedo, y atravesarlas es válido, y está bien. En ese momento, la tristeza y el miedo son un buen estado de ánimo porque son la reacción esperada.
La realidad es que las causas son diversas y pueden permanecer desconocidas. Pasé mucho tiempo creyendo que la raíz del malestar físico es la inestabilidad emocional, y creyendo por consecuencia, que somos nosotras mismas las responsables de nuestro bienestar, o culpables de nuestro dolor.
Es ahí donde está la diferencia. Tendemos a procesar la crisis buscando culpables tanto en el mundo exterior como en nosotras mismas, convirtiendo nuestros padecimientos en un ciclo de dolor físico y autoflagelación emocional. Es cierto que nuestros pensamientos y emociones pueden manifestarse corporalmente, y es cierto que gestionándolos podemos incidir en nuestro bienestar físico, pero más que concentrarnos en el deseo frenético por encontrar la salud, lo más importante es regalarnos la compasión, la paciencia y el amor propio para atravesar la enfermedad.
Con dedicatoria especial a mi mamá, que lucha por recuperarse y mejorar a cada día:
Si yo pudiera, mamá, te lo daría todo.
Te daría la salud que no tienes,
Te daría la paz que no encuentras,
La energía que necesitas.
Y la fé que te falta.
Si yo pudiera mamá, te lo daría todo.
Te daría mi cuerpo,
Te daría mi espalda,
Te daría mis piernas,
Y te invitaría a vivir en mi corazón,
Para que sepas, mamá, que no estás sola.
Que estoy contigo,
Que te acompaño,
Que te escucho y te apapacho,
Hasta que sanes y te recuperes,
Para sanar contigo.
Para sanar juntas
Para sanar las dos.
Ilustración de Vika Álvarez

