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Mónica Lavín: “La escritura es como un cuadro de Matisse”

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La novela de 249 páginas, editada por Planeta, está escrita con un tono íntimo, en el cual Lavín cuenta recuerdos, expresa emociones y filosofa acerca de la ausencia.

 

 

EFE

Transformar el dolor en belleza es el mensaje de “Últimos días de mis padres”, la novela más reciente de la autora mexicana Monica Lavín, quien asumió la escritura del libro con colores a la manera de un cuadro de Matisse.

“Yo creo que la escritura lo que tiene es como un afán de una búsqueda estética. Yo no sabía que al ponerme frente a esos días en los que mis padres dejan de estar aquí, lo que iba a hacer era reconstruir ese vínculo de amor conmigo y el mío con ellos”, aseguró este sábado la autora en una entrevista con Efe.

La novela de 249 páginas, editada por Planeta, está escrita con un tono íntimo, en el cual Lavín cuenta recuerdos, expresa emociones y filosofa acerca de la ausencia, mientras crea con palabras imágenes de la vida de sus padres.

“Vivieron con un espíritu de apetito y gozo por la vida, venían de situaciones difíciles. Ellos tuvieron que forjar un camino que a mi me fue dado de manera gratuita. Yo viví entre libros, por ejemplo, y mi padre estudió hasta tercero de secundaria y era huérfano de padre desde los dos años”, revela la autora.

Con un camino recorrido como cuentista y con varias novelas, entre ellas “Yo, la peor”, ganadora del premio Iberoamericano Elena Poniatowska, la escritora creó esta vez su obra más personal que tiene de confesiones, de reflexión sobre la muerte y la paternidad y también de agradecimiento.

“La vida vale la pena, jugarse el riesgo del amor en pareja, construir una familia, mirar el arte, la pintura, oír la música, eso enriquece una manera de estar en el mundo. Todo eso es algo que me comunicaron y me dieron. Por eso hay agradecimiento”, añadió.

UNA MUJER DESNUDA

Escribir “Últimos días de mis padres” implicó para la autora desnudarse ante sus lectores, a tal punto que al terminar el libro, quienes la leen saben cómo es la forma de su cuello, la de su cabeza, si sus muslos con largos y si sus manos tienen o no venas.

Es que Lavín cuenta las partes del esbelto cuerpo que heredó de cada uno de sus padres, después de detallar la sensibilidad por el arte que le llegó de la madre y la pasión por escribir, del padre.

“Yo sé cuáles son los puntos que vuelven a apretarme el corazón, pero claro que sonreí y claro que me despertaba diciendo hoy de qué voy a escribir. Por ejemplo, lo de los muslos fue maravilloso, cuando mi madre me reveló que los tengo como mi padre. A sus 90 años supe que tenemos un rasgo físico que nunca había advertido”, cuenta.

Las anécdotas de las vacaciones, la alegría de la convivencia se junta con la tristeza de algún momento de baja o por el golpe sufrido por algún miembro del clan. En la catarsis, Lavín enfatiza en los detalles y deja el mensaje de que el dolor puede ser convertido en amor.

“Estamos hechos de amor; nacemos por el amor de nuestros padres. Nadie te mira ni te querrá de la misma manera, son otro tipo de amores los que te rodean. Mi madre, cada artículo mío que salía en el periódico, lo leía, me hablaba y me lo comentaba. Eso ya no existe; ya no tengo la lectora devota que era mi madre”, revela.

UNA MUJER EN UN SILLÓN

Mónica Lavín llora con sustantivos, verbos y giros poéticos como cuando asegura que solo migas de pan median entre la orfandad del padre y la de la madre. Se queja de ya no poder ejercer como hija, pero también celebra porque sus padres vivieron una buena vida.

“Ese es un bonito pensamiento, decir que vivieron. Incluso, lo que quisieron hacer y no pudieron, mi padre ser escritor, mi madre, pintora, quedó como un anhelo flotante, de manera que mi hermana es artista plástica y yo soy escritora”, explica.

En el libro hay una crisis familiar. Triste, la madre queda sentada en el sillón; entonces Mónica saca en cuenta que es como la figura de un cuadro de Matisse, pero sin colores: “Mujer sobre sillón mirando la terraza”.

“Mi mamá sacaba las mascadas de su cajón y en lugar de ponérselas, hacía cojines preciosos. Eran cuadros de Matisse. Además, ella nos leía a mi hermana y a mi cuando éramos niñas, abríamos libros de artes y platicábamos de Matisse”, revela y redondea la idea de su escritura como un cuadro del artista francés.