Editorial

Transfobia: la permisividad también es violencia

#InPerfecciones
El problema no solo es el discurso transfóbico de este foro, sino en la permisividad de una institución educativa de tanto prestigio y relevancia nacional e internacional como lo es la UNAM.

 

 

Karla Soledad / @kasoledad
k28soledad@gmail.com

 

El pasado jueves 24 de marzo, el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (Ceiich) de la UNAM convocó al foro “Aclaraciones necesarias sobre las categorías sexo y género”, donde participaron mujeres que han enunciado declaraciones abiertamente transexcluyentes. Entre ellas, Amelia Valcárcel, Alda Facio y Marcela Lagarde.

 

La respuesta de una gran parte de la comunidad universitaria no se hizo esperar, pues desde el mismo jueves diferentes colectivas, trans-activistas y grupos de alumnes se expresaron a través de redes sociales condenando la permisividad institucional de la UNAM. Finalmente, el día lunes 28 de marzo se vivió una gran manifestación de estudiantes en contra de la transfobia al interior de la universidad.

 

Como respuesta ante el descontento y la crítica a este espacio organizado y promovido por la UNAM y los discursos transfóbicos de las ponentes, colectivas pertenecientes a la rama del feminismo radical se han pronunciado defendiendo la libertad de expresión como una herramienta para abrir espacios de diálogo y un derecho humano que no puede ser negado, justificando así tanto la temática del foro como la participación de las panelistas. Además, las colectivas han denunciado censura y violencia en las reacciones hacia estas mujeres.

 

Pero, ¿cuáles son los argumentos que expusieron las ponentes? ¿Por qué la reacción de la comunidad universitaria? ¿Qué debemos señalar y analizar en la postura de una institución educativa como la UNAM en este contexto?

 

La cuenta de Instagram de la revista Volcánicas hizo un post que retoma algunos de estos enunciados, y debate cada uno desde una perspectiva trans incluyente. Por un lado, Amelia Valcárcel aseguró que “El sexo es la estrategia reproductiva para diversos grupos animales. Y los animales tienen solo dos sexos, no infinitos ni variaciones.”. Alda Facio, por el otro, dijo que “La categoría mujer en el mundo de los derechos humanos se está tratando de borrar y es peligroso”.

 

Empecemos por analizar la naturaleza del enfoque de este foro. Cuando un argumento comienza con la severidad de distinguir sexo y género, generalmente sabemos que la conversación está por inclinarse hacia el discurso biologicista y binarista del feminismo radical. Esta es una visión que apela al género como la causa de la opresión contra las mujeres y sugiere abolir esta categoría como una vía de liberación ante todo tipo de violencia.

 

Como lo podemos analizar en el argumento de Amelia Valcárcel, este discurso binarista que distingue únicamente entre sexo femenino y masculino -además de ser una mentira porque en el reino animal hay todo un espectro de sexualidad diversa-, es en realidad una teoría reduccionista que afirma que la realidad de ser mujer está determinada por nuestros genitales, invisibilizando y rechazando así la experiencia de las mujeres trans. Este es el discurso que les niega la posibilidad de nombrarse mujeres y prefiere denominarlas -violentamente-, como hombres trans-femeninos.

 

En cuanto a la aseveración de Alda Facio, el gran conflicto es mirar a los derechos humanos como si fueran un recurso finito y escaso, como si por el hecho de que algunas personas -las mujeres trans- accedan a ellos, otras personas -las mujeres cisgénero- tenemos más difícil alcanzarlo. Esta perspectiva es peligrosa porque antagoniza a las mujeres trans y las dibuja como personas indignas que nos roban las oportunidades que por nuestra categoría biológica -volvemos a los genitales- nos pertenecen. 

 

Es también una perspectiva equivocada y sumamente limitada, pues el discurso de escasez oculta la única naturaleza universal de los derechos humanos: que son para todas las personas. Este es el mismo hilo de pensamiento de las mujeres feministas blancas privilegiadas en el mundo corporativo que aseguran que en la mesa de negocios solo hay una silla para una mujer  -pues los demás asientos están ocupados por hombres- provocando así la incesante competencia entre compañeras, en lugar de atacar la problemática de raíz y poner más sillas para más mujeres -y más diversas- en la mesa.

 

El problema no solo se centra en el discurso transfóbico de este foro, sino en la permisividad de una institución educativa de tanto prestigio y relevancia nacional e internacional como lo es la UNAM. Estamos en una época de transformaciones sociales profundas y sabemos la importancia de la postura institucional de las organizaciones para lograrlas.

 

Al día de hoy, las personas exigimos posturas públicas inclusivas que respalden y reconozcan la diversidad y la garantía de derechos humanos para todes. Condenamos la permisividad y la pasividad institucional porque estamos cansades de esa indiferencia que tanto daño le hace a nuestra sociedad y a las comunidades menos representadas y cuyos derechos humanos son atropellados a diario. Como sociedad civil estamos hartes de la ineficacia de nuestras instituciones. Especialmente las mujeres nos hemos sentido abandonadas, invisibilizadas y rechazadas por todas ellas: gobiernos, escuelas, medios de comunicación, empresas, religiones, etc.

 

Las mujeres hemos perdido la fe en las instituciones porque las instituciones nos han dado la espalda a nosotras, y nos lo demuestran día con día en acciones como la presentación y la difusión de un foro con un discurso claramente transfóbico. Seamos exigentes con nuestras instituciones y no tengamos duda en cuestionar a las personas en puestos de liderazgo dentro de ellas. Entendamos que la pasividad es otra expresión de cinismo, la indiferencia es una postura, y la permisividad es otra forma de violencia.

 

Fotografía de Sashenka Gutiérrez

 

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