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El incendio de Palmitas

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Cuando conocemos el fuego, conocemos la vida y la muerte en un mismo lugar

 

 

Eric Nisadó / @ericnisado
nisadobenitez@gmail.com

 

Crecidos en la vida de pueblo y formados a la manera oaxaqueña, Pedro y Jovita son un matrimonio al que le sobran anécdotas y vivencias que contar. Su vida en la Ciudad de México, antes llamada “Distrito Federal”, comenzó hace más de 40 años y ha significado un sinfín de aprendizajes y experiencias que han moldeado a éstos abuelos como la fuerza del agua de las cascadas a las rocas de río. Ambos son bien conocidos en la colonia Palmitas al oriente de nuestra ciudad, dónde tienen su humilde casa dentro de un verde terreno que alguna vez fue utilizado como sembradío y que hoy luce amarillo y seco por causa del sol y de un proyecto departamental casi abandonado. 

Pedro, un hombre robusto y moreno de 70 años de edad con brazos gruesos y un andar lento e imponente, es quizá el testigo más viejo del cambio que ha tenido la colonia y su gente; quienes acostumbran saludarlo con un caluroso “¡Don Pedro!” como si de un muy viejo amigo se tratase. Jovita es más reservada pero igual de querida por los vecinos, con 79 pesados años sobre su espalda luce encorvada y notoriamente más baja que Pedro, su piel conserva el color claro y suave de esas mujeres “güeras” de pueblo y en su voz se escucha la marca de la tierra en ese acento que el zapoteco ha dejado. 

Era un Martes, día en que llega el agua a la colonia y también; un martes especialmente caluroso. Pedro y Jovita haciendo sus tareas, aprovechando el agua que llega una vez por semana: ella lavando la ropa y él los trastes. Sin plantas en ese terreno, la luz del sol era abrasadora y volvía seco el aire en Palmitas, por lo que humedecer brazos y manos en líquido fresco se volvió ideal para apaciguar el calor en ambos viejos, quienes ya se habían acostumbrado al clima cálido de la ciudad.

¡“Pinchi” calor! Al rato una coquita y a descansar. Dijo don Pedro terminando de lavar la taza que horas antes usó para su café. Un hombre como él estaba acostumbrado a las temperaturas del sur del país que superan los 30 grados centígrados, pero hoy la edad pesa y un calor citadino de 29° se siente diferente.

Jovita también había terminado; secó sus manos y se sentó un rato en la hamaca a la sombra del techo de lámina que tienen frente a su casa. Tarareó una canción que a veces solía cantar para su nieto mientras sentía la caricia refrescante de un aire fresco…

– “Má biaaze gueela xhiine

gusi xhuncu ládxe duá

guixhi sedó naa chizié

tangu yú canábu naa

 

Tangu yú, tangu yú

tangu yú ni raca Bixhana…

Un olor extraño interrumpió la canción, uno que ella conocía bien; algo se quemaba no muy lejos de ahí. Se levantó de la hamaca y buscó con la mirada el origen del olor; entonces lo encontró, unos quince metros frente a ella, eran las ramas secas de la tierra que empezaban a chasquear el sonido de la llama naciente. 

¡Pedro! ¡Ven a ver el terreno!  Aunque su llamado no tuvo respuesta inmediata ella sabía que su esposo había escuchado y paciente esperó a que él saliera de la casa. 

Huele a quemado, ¿Dónde es? ¿Aquí? Pedro vio a su esposa y tras de ella pudo distinguir el humo negro entre la hierba muerta y la tierra seca. Vente mujer, seguro no agarra fuerza, así pasa cuando hace calor. Dicho esto, ambos entraron a casa y se dispusieron a comer aunque ambos estaban preocupados porque esa pequeña llama alcanzara su puerta. No pasó ni un ahora cuando un grito interrumpió su frágil tranquilidad.

-¡Don Pedro, Jovita! ¡Fuego, hay fuego en el terreno!  Era el carnicero, quien desde su local en el mercado pudo ver la llama alzarse sobre la barda blanca de la casa de los abuelos. Esa pequeña chispa se había convertido en una inmensa llama voraz alimentada por la tierra seca y las ramas, era obvio, esto es un incendio. El grito no pasó desapercibido, los vecinos reaccionaron veloces y la voz se corrió por el barrio. Jovita llamó a los bomberos, preocupada por su casa y su marido quien valientemente se paró frente al fuego y pensó en voz alta: ¡No me das miedo, ahorita te apagamos hijo de tu pinchi madre!

Entonces la gente comenzó a llegar con cubetas, botes y cuánta agua pudieran juntar, acudió el pollero, el carnicero, la de la tiendita de abarrotes, la vecina, los jóvenes y muchachas. Jovita veía asombrada desde el portal de su puerta, pendiente al teléfono; no podía creer la cantidad de gente que acudió a apagar la enorme llama levantada y rugiente en su terreno. Pedro lucía su fuerza cargando enormes cubetas con agua y vaciando su cisterna, pocas veces se le había visto así de activo y fuerte pero su físico aún se lo permitía. 

Ya me llamaron los bomberos, están en calzada ermita, dicen que hay mucho tráfico. No creo que lleguen pronto. Le dijo Jovita a su marido en cuanto pudo alcanzarlo

No los necesitamos, mira cuánta gente ya se metió. ¿Tú conoces a los chamacos de ahí? Señaló a un par de niños que corrían en chanclas para echar jícaras de agua a la llama que se extinguía poco a poco

-No, ¡Sólo Dios sabe de dónde salió tanta gente! Lo bueno que es martes y tenemos agua Pedro. Respondió Jovita con un aire apacible, la llama se iba encogiendo y su miedo también, ésta vez la libraron.

El llamado de solidaridad fue aún más veloz y eficiente que los bomberos, quienes llegaron a la casa a eso de las 6 de la tarde, cuando el fuego había sido extinguido. Les había sido muy difícil subir a Palmitas, las calles entorpecieron el avance del enorme camión, Pedro los recibió y tras contarles lo que había pasado, se aseguraron que el fuego no naciera de nuevo y después se retiraron. Ese día fue la gente y sus esfuerzos quienes evitaron una tragedia, gracias a todas esas personas puedes leer ésta historia aquí y no en un periódico anunciando la catástrofe.

 

Eric Nisadó Benítez Campos

 

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