Editorial

Amar nos dejó rezagadas

#InPerfecciones
El tiempo que yo pasé llorando por los hombres, ellos lo dedicaron a estudiar, hacer deporte, conocer el mundo y pensar en todo menos en mí.

 

 

Karla Soledad / @kasoledad /
k28soledad@gmail.com

 

¿Alguna vez te has preguntado qué les enseñaban a los hombres cuando eran pequeños? Recientemente empecé a cuestionarme si les enseñaron a querer de la misma manera en que yo aprendí, y si es que acaso el tiempo que yo dediqué en pensar en ellos, ellos también lo dedicaron en pensar en mí.

 

Y es que desde que tengo memoria siempre me han gustado los hombres. No solo porque soy heterosexual y me gustan los vatos en general. Me refiero a que en cada etapa de mi vida, siempre ha habido un hombre que me gusta. Para efectos de esta columna y por no quemar a nadie que pueda llegar a leerla, todos los aquí mencionados tomarán nombres inventados.

 

Daniel fue mi primer crush en la vida. Güerito, chapeado y el favorito de miss Blanca. Por él conocí lo que significa pelearse con una mejor amiga por la mala suerte de que a las dos les guste el mismo niño. Me cambié de escuela en el cuarto año de primaria y apenas entré al salón de clases me enamoré de Miguel, futbolista de mirada dulce y ojos color miel. Por él conocí el dolor del rechazo que sientes cuando el niño que te gusta se fija en la morra rubia, fresa y popular del salón.

 

Cuando empecé la secundaria me obsesioné con Pablo, alto, delgado, extrovertido, problemático y mujeriego. Por él conocí lo que afecta la baja autoestima y no sentirse lo suficientemente bonita como para atreverte a hablarle a tu crush. En la prepa me encantaba Fernando, moreno, guitarrista y medio emo. Por él aprendí a colarme en todos los rincones de la escuela nomás para encontrármelo y que su sonrisa me hiciera el día.

 

En la universidad me enamoré de Andrés, inteligente, culto, deportista, de pelo castaño y con voz de locutor. Por él conocí la presión de verme perfecta y decir siempre las palabras correctas para sonar interesante. Finalmente, cuando entré a mi primer empleo me perdí por Diego, por quien conocí lo que es la motivación de levantarse a trabajar todos los días con tal de ver al chico que te encanta.

 

Los nombres siguen en una interminable lista de todos los vatos que me han gustado en diferentes etapas y momentos. Al inicio, este ejercicio de recordarlos uno a uno me regaló buenas memorias y algunas sonrisas, pero después me dejó con un descubrimiento que me tomó por sorpresa: he ocupado una cantidad inimaginable de tiempo, energía y esfuerzo en los hombres a lo largo de mi vida.

 

Es ahí donde me pregunto si a ellos les enseñaron las mismas cosas que a mi. A los seis años mis tías ya me preguntaban si tenía novio, a los doce estaba metidísima en la historia de Floricienta y sus amores imposibles y a los quince mi mamá me decía que el día de mi boda sería el más feliz de mi vida. ¿Será que los hombres pasaron por todo eso también?

 

Me explotó la cabeza cuando me di cuenta que el tiempo que yo pasé llorando por los hombres, ellos lo dedicaron a estudiar, hacer deporte, conocer el mundo y pensar en todo menos en mí. La manera en que nos enseñan a amar a hombres y mujeres no es igual, porque el significado que aprendemos que tiene el amor es muy distinto para cada quien.

 

Mientras en la educación que les dan a los hombres el amor significa proveer para la familia, para las mujeres el amor es cuidar de la familia. Mientras ellos tienen un papel activo en la sociedad, salen a trabajar y se comen el mundo todos los días, a las mujeres nos enseñan a ser pasivas y quedarnos en el silencio y los límites de la casa. De ahí se desprenden los dichos machistas como “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, porque nuestro reconocimiento viene del secreto y la privacidad de ser los pilares que sostienen la estructura familiar.

 

El amor que conocemos es entonces una manera efectiva para sostener al patriarcado y el sistema desigual que beneficia a los hombres por encima de las mujeres. A ese sistema le conviene tener niñas de seis años enamoradas y cargando Nenucos jugando a ser mamás. A ese sistema le conviene tener mujeres que, en nombre del amor, se quedan rezagadas en la educación, en el trabajo, en la ciencia, en los deportes, en las artes y en la historia.

 

¿Qué habría sido diferente en nuestra vida si de niñas hubiéramos empleado ese tiempo en leer, estudiar o jugar? Hacernos esta pregunta tiene un objetivo que va más allá de lamentarnos por el tiempo perdido.

 

Si cuestionamos la manera en que crecimos podremos desaprender las ideas que nos limitan, soltar los hábitos que nos aprisionan y darnos cuenta que podemos abrir espacio para todo aquello que nos faltó y que hoy decidimos integrar en nuestras vidas.

 

Fotografía de Luz Nuñez Soto

 

#InPerfecto