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México, tierra fértil para los girasoles de belleza de Diego Armando Maradona

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Más de 30 años después, el gol es considerado como uno de los más bellos de los Mundiales, convertido cuatro minutos después del golpe más polémico de su carrera.

 

 

EFE

Aunque dejó sus trazos de poeta del fútbol en Barcelona, Nápoles y otros lares, fue en México donde los girasoles de belleza de Diego Armando Maradona florecieron con más salud, en sus obras de arte en la Copa Mundial de 1986.

Ahora que abandonó su cuerpo y es llorado por millones de sus incondicionales, la impronta de Diego en los campos mexicanos se engrandece, sobre todo con el recuerdo del segundo gol del artista del juego ante Inglaterra, el 22 de junio en los cuartos de final.

Atravesó la mitad de la cancha, dejó a dos defensas, se sacudió a uno más, amagó con hacer un pase a Burruchaga, burló a otro zaguero, hizo un regate en el área, descolocó al portero Peter Shilton y tocó de zurda para firmar la victoria 2-1.

Más de 30 años después, el gol es considerado como uno de los más bellos de los Mundiales, convertido cuatro minutos después del golpe más polémico de su carrera, cuando disputó un balón con Shilton y lo metió en la red con el puño izquierdo, jugada ilegal que, según el astro, entró tocada por “la mano de Dios”.

En México el rebelde Maradona fue casi un personaje de ficción. Se paseó por el campo como rodeado de una aureola de santo y el 25 de junio anotó en semifinales los goles en la victoria por 2-0 sobre Bélgica, para meter a Argentina en la final que ganó cuatro días después, por 3-2 contra Alemania.

El corazón de Maradona, que se detuvo este miércoles en Buenos Aires, nunca fue tan feliz como en aquel verano en México, donde uno de los tres jugadores más grandes de la historia cumplió el sueño mayor: ser campeón del mundo.

Pero en México también fue polémico, gol de la mano de Dios aparte. En el año 2002 se apareció en el estadio Azul de la Ciudad de México en la despedida del goleador Carlos Hermosillo. Pasado de peso, pidió una pizza como requisito para jugar y cuando le cumplieron, apenas aguantó unos minutos.

Bohemio, mujeriego, irreverente, una vez se le vio cantar junto al poeta Joaquín Sabina, un amigo al que desdijo con aquello de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, frase de la canción “Peces de ciudad”.

A México regresó y volvió a ser feliz, con el “Gran Pez” del fútbol mexicano, como llamaron a los Dorados de Sinaloa de la división de Ascenso.

Con jugadores jóvenes y otros desechados en Primera división, Maradona habló de la existencia de los milagros. Encontró el equipo hecho un ripio y lo metió en la final que perdió ante el San Luis, sucursal del Atlético de Madrid.

Se fue a casa, lo dieron por fugado y resucitó como un Mesías para volver a acceder a la final, que de nuevo perdió.

Cuentan los que lo vieron que en Culiacán, casa de los Dorados, volvió a ser feliz como cuando ganó el Mundial Juvenil de Japón de 1979 porque como entonces volvió a ser un pibe inocente.

Hoy el genio cerró los ojos definitivamente, pero en el estadio Universitario de la capital, el Cuauhtémoc, de Puebla y sobre todo en el Azteca de los goles y del título mundial, permanecen empinados sus girasoles, asociados con la belleza, al estilo de los de los óleos de Van Gogh.

Amigo de los comunistas y las izquierdas, celebró la elección del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, y apoyó a los presidentes venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Como si hubiera podido elegir, también en la muerte tuvo puntería y este miércoles cerró los ojos cuatro años después de la desaparición de su héroe: Fidel Castro.

Solo que Maradona no será recordado como simpatizante de ningún bando, ni por su vida alegre ni por sus polémicas, sino como lo que fue por encima de todo: un artista, quien vino al mundo a crear belleza, y después de hacerlo, dio igual cómo vivió.

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