Sexualidad

Más que hablar de depresión, hablemos de pérdidas

#Sexualidad
El 13 de Enero es el día que se conmemora el día mundial contra la depresión, tener información sobre ello es fundamental para tomar conciencia de esta enfermedad.

 

 

Blanca Sánchez Rangel
blancasanchezrangel@gmail.com

 

César Valencia de la Fuente
cvalencia83@live.com.mx

 

Hace unos días se celebró el Día Mundial de la lucha contra la Depresión, el sentido de esta conmemoración es informar acerca de la gravedad de esta problemática a nivel global y las repercusiones que implica para la sociedad. Queremos tomar la oportunidad que da la notoriedad de esta fecha para rescatar el lazo que ahora parece olvidado entre las pasiones del hombre, incluyendo a la tristeza, y la experiencia amorosa. Habrá que advertir que esta última es tomada como una experiencia orientada por el deseo, el erotismo y la pérdida de lo amado; distante de la actual idea de amor descrita como un sentimiento tendiente hacia la unión con otro que otorga completud, alegría y energía.

Hay que comenzar señalando el término Depresión como aquel con que se ha nombrado desde el primer cuarto del siglo pasado –y que ha intensificado su uso en los últimos 40 años- a un mal que afecta el ánimo cuya esencia es una tristeza profunda que plantea una seria dificultad para la existencia cotidiana, principalmente relacionadas con el trabajo o las tareas de la vida diaria, de quien lo padece. Para apartarse de esta noción es necesario acercarse a lo que desde la antigüedad se conoció como Melancolía y que fue motivo para tratados del cuerpo humano, escritos filosóficos, obras de arte y poesía.

Para los antiguos griegos la melancolía, la bilis negra, era uno de los cuatro fluidos que poseía el ser humano. Hipócrates señalaba que la enfermedad era a causa de un desequilibrio de estos cuatro humores, así que cuando la bilis negra abundaba en un hombre este caía enfermo de melancolía. Lo que mostraba este mal era el abatimiento, insomnio, angustia, llanto, ira y aversión por las personas que le rodean. En el Problema XXX atribuido a Aristóteles encontramos una descripción del hombre melancólico como alguien propenso al acto amoroso, donde después de consumarlo caía en una honda tristeza y en un decaimiento corporal. No sólo el filósofo de Estagira relacionaba a la melancolía con el deseo sexual, Rufo de Éfeso, Constantino y otros pensadores árabes como Avicena señalaron la misma relación entre abatimiento melancólico y una pasión amorosa. Los griegos subrayaron el impulso amoroso del melancólico por lo erótico, y cuando este deseo ya no aparecía, al ya haberlo consumado, los dejaba en la más profunda tristeza.

En la Edad media la melancolía extendió sus alcances en la cultura. Para esta época el mal de la bilis negra dejó de ser visto sólo como un padecimiento, muy por el contrario pasó a ser parte de las pasiones asociadas a las ocupaciones más valoradas de la época. Por ejemplo, los monjes podían caer presas del demonio meridiano: la acedia. Éste mal imposibilitaba a los monjes sus labores espirituales en los monasterios, de modo de que a pesar de seguir deseando hacer una conexión espiritual con Dios, caían enfermos de tristeza y de desgano por realizar las tareas religiosas que implicaba su lugar de hombres entregados a la religión. De hecho, en la edad media se contemplaban 8 pecados capitales, lo que actualmente conocemos como pereza estaba dividido en dos: acidia y tristeza. Estas últimas poseían un carácter francamente pasional al apuntar hacia la honda tristeza y el abatimiento. En cambio la actual idea de pereza simplifica lo pasional al dejar al hombre en una relación de indiferencia hacia el trabajo y el rendimiento en las labores que implican en la vida diaria. Lo que queremos resaltar es que en la pasión melancólica del acidioso está en juego su relación con Dios, su espiritualidad, su vida misma. Esto se aleja de la idea simplista que la pereza plantea, la melancolía y la acidia no están bajo el signo del desgano o desánimo, sino por una intensa pasión de tristeza y desesperación.

Hacia el Renacimiento, se hace más presente la figura del “artista melancólico”, es decir, el arte comienza a valorar la melancolía y su consecuente relación con el amor como una fuente de creación. No por ello la relación melancolía-amor dejó de figurar como un mal, el amor hereos(amor loco) fue considerado en aquella época como un mal espiritual provocado por el irrefrenable deseo de una mujer a la cual se le atribuían las más altas virtudes, pero imposible de poseer. El enamoramiento como tal apareció en los poemas del renacimiento fue considerado como un mal espiritual que implicaba un alto compromiso de un hombre con su pasión. Como ejemplo de ello podemos encontrar el grabado de Albrecht Durero Melancolia I, o en los poemas de Dante alusiones a las afecciones del cuerpo del melancólico en el fulgor de su enamoramiento:

Mientras pensaba cuán frágil era

Mi existencia y qué poco duraría

Amor me lloraba en el pecho, que es su residencia de siempre,

Y tan turbado tenía el espíritu,

Que suspirando me decía hondamente:

“¡Ah, Mi amada será pasto de muerte!”

Entonces nuevas penas me rodearon

Cerré las pupilas y las facultades

Me faltaron y los corporales sentidos

Privado del conocimiento y como sin vida,

Creí que ensañadas y furiosas mujeres

Me cercaban gritando “¡muere, muere!”

Lo que hacen patente cada uno de estos males es que la situación del melancólico se experimenta una pérdida de aquello que más ama, sin que importe si alguna vez poseyó al objeto de su amor. De ahí entonces que Sigmund Freud, en Duelo y melancolía de 1915, ponga el acento en la experiencia de pérdida de un objeto amado. El psicoanalista vienés relacionó el mecanismo psíquico de la melancolía en función del doloroso desengaño que vive el melancólico cuando ve perdido su objeto de amor, lo cual lo hace recriminarse y sobajarse al grado de tratarse a sí mismo como alguien despreciable y abandonar cualquier acto que implique cuidado a sí mismo.

Al igual que la melancolía el pensamiento de Freud acerca de este mal ha ido quedando en un silencioso olvido. Las terapéuticas actuales bajo una mirada científica y positivista retoman éste mal pero lo reducen a un trastorno anímico, que cursa con ideas irracionales, o bien con un desajuste a nivel bioquímico. Si bien, es innegable que cualquier cosa que nos ocurra tiene un efecto en el cuerpo –en este caso, un desajuste bioquímico en el cerebro- circunscribir un padecimiento a esto deja de lado el decir y la posibilidad de hacer algo a partir de la pérdida del enfermo de tristeza. Esto nos recuerda al precioso diario de Clement Rosset titulado Travesía nocturna en el cual narra los años que la depresión le aquejó. Ahí el filósofo francés dijo que la depresión fue inexplicable tanto cuando llegó como cuando se fue, y dentro de su narrativa mencionaba que durante la depresión lo mismo tomaba sus medicamentos que leía a Dostoievsky. Su testimonio muestra que el caer en una condición como la depresión requiere hacer algo más que tomar algún medicamento, pues esto se refleja en la manera en la que se elabora el estado en el que transita por su travesía.

Finalmente se puede pensar que la mirada actual de la depresión –a pesar de su visión biopsicosocial- no alcanza a dar cabida a la mirada clásica que se tenía los antiguos males. Hoy en día hay pocos espacios que alojen la desesperación de quien pasa por una pérdida. Incluso, el transitar del depresivo pareciera que tuviera que ser a solas: en la fría relación de un enfermo con su pastillero. No tratamos de desvalorizar los beneficios y apoyos que brindan los avances médicos en la bioquímica cerebral que en muchas ocasiones logran favorecer el bienestar de una persona. Sin embargo, queremos recalcar que el testimonio de muchas personas plantea que la depresión no es una enfermedad que se desvanece.

Acercamientos como los de Freud y de los autores clásicos nos hacen reflexionar que actualmente se banalizan las situaciones de pérdida, para decirlo claramente: se suele pensar que quien está deprimido debe ir a terapia o al psiquiatra y “hacer su duelo” en un par de meses y continuar con su vida como la llevaba antes, pues nos resulta fastidioso mirar a quien lidia con una pérdida o que “no resuelve sus problemas”. Duelo no es melancolía, no son asimilables entre sí las distintas situaciones donde se supone una pérdida. Una de las banalidades que ha hecho la psicología es naturalizar la ecuación pérdida=duelo, Freud así como los pensadores clásicos parecen haberlo tenido más claro la vivencia singular que es una pérdida. La depresión, y su relación con la melancolía, nos ponen a pensar que la experiencia que resulta la pérdida de algo amado es y será doloroso. Sobrepatologizar la tristeza es patologizar la existencia misma, quizá la condición del melancólico es sumamente dolorosa, más no por ello la experiencia de la pérdida deja de ser una posibilidad de articular otras formas de relación con aquello que hacemos, deseamos y amamos.

 

#InPerfecto

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