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Al extender mis brazos y soltar cada patada, me alejo de la rutina ambiciosa, de las ganas de triunfar y de pertenecer al récord de los hombres que logran lo que se les dicta.

 

 

Edgar Vargas / @_EdgarVargas_
edgar.vargas@inperfecto.com.mx

 

Al extender mis brazos y soltar cada patada, me alejo de la rutina ambiciosa, de las ganas de triunfar y de pertenecer al récord de los hombres que logran lo que se les dicta.

 

Tal vez, ahí, en el agua fresca, puedo nadar conmigo mismo. Cada brazada representa un logro para mí. Me hace sentir vivo y pleno. Rememoro al humano que soy. A veces subo la cabeza para respirar, porque recuerdo que soy un humano. Aunque me encantaría ser un pez, que me brotaran bronquios y aletas, para hacer lo propio bajo el agua, para que con la cola pudiese esconderme de mis propios miedos.

 

Al nadar, a veces, miro hacia arriba. Me hago el muerto. Es ahí que me miro del otro lado. Miro a ese hombre entero y corpóreo, al hombre de saco y mocasín que trata de ofrecer una sonrisa a aquellos que tanto lo miran. Y no logro distinguirlo al principio. Es un sueño demasiado efímero, de esos que a veces molestan, pero que al final nunca recuerdas. Prefiero mantener esa parte de mí dentro del iceberg, congelada, muda, fría y sin sonido.

 

Los rayos del sol bajan y se quiebran refractándose. Provocando disyuntivas y yuxtaposiciones de brillos que permiten verme en distorsión. Me agrada verme así. Observarme en diferentes ángulos, amorfo, asimétrico, sin armonía ni proporción. Siento un poco de libertad. Es así que puedo nadar mejor. Solo conmigo mismo.

 

Bajo el agua soy un ave que se permite ser libre todos los días. La cadena alimenticia es salvaje. Las aves se permiten su libertad aunque sea por unos minutos, cada día, sin conocer lo que les espera del otro lado de la montaña. Tal vez es que por ello nado en línea recta, tratando de persuadirme, hasta que una parte de la alberca me recuerda que el camino es obtuso. Lo sé cuando mis dedos medios tocan el concreto. Ya no es tiempo de nadar, ha llegado la hora de trabajar, de ser esa silueta sin definición, de ese pastiche que se envuelve en sus hilos, desconociendo el material con el que está hecho.

 

La vida es tremendamente salvaje, no puedo escapar de ella. Quisiera inventarme mi propio mundo para existir y realizarme. Aunque no creo en el destino ni en las casualidades, el piso firme me abruma con su propio existir. Tal vez la alberca es mi laberinto.

 

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